lunes, 14 de noviembre de 2011

ASTERIÓN

Hondos muros e innumerables cercan

el destino de quien es hombre y toro.

En el laberinto no existe el oro

de la muerte ni un hierro que se acerca



a la garganta fiera. En la sombra

beber el agua que su fondo adapta

a esa oscuridad. Caen mustias lanzas

sin dejar las manos, pétrea alfombra.



Siente Creta los latidos del suelo,

los últimos. En la sombra, Teseo,

deja el rastro que es la guía. El cielo


muestra su puerta al toro. No hay deseos

más mientras le deja su fuerza. "Muero"

murmura, acaso ha visto el Coliseo.




Oscar E. Donayre Gonzales

Lima, 14 de noviembre de 2011


sábado, 29 de octubre de 2011

TANKAS

LA MANO DEL HOMBRE

Una manzana

tuvo que ser modida...

Solo un propósito

tiene la espada, el hombre,

que regresa a la sombra.




LOS OJOS

Te mira un cielo,

el campo te recibe.

La espada está

en la mano rival;

¿es acaso importante?



EL PRIMER PASO

Siempre conmueve

ver caminar a un niño

por primera vez.

Pero ignorar queremos

que se acerca a la muerte.





Oscar E. Donayre Gonzales


Lima, 02 de noviembre de 2011



martes, 13 de septiembre de 2011

Al comprar el pan

La suprema felicidad de la vida

es saber que eres amado por ti mismo o,

más exactamente, a pesar de ti mismo.

Victor Hugo


Preferiría no contar los hechos que me sucedieron la tarde de ayer; pero el ayer es una cosa que pesa en el presente. Fue, a mí parecer, menos sospechoso que impresionante. Los protagonistas de la historia son dos hombres y una mujer entrada en años.


Recuerdo la tarde vestida de un gris indiferente y maquillada con un frío hostil. Para algunos es típico que el cielo esté así de muerto; para mí, en cambio, cada tarde es más fría que la anterior. Presumo que se trata de la fragilidad -o desgaste- de mi cuerpo y no de un fenómeno climatológico. Las calles parecen perdidas en el tiempo, desde que tengo uso de razón no han cambiado. Los vecinos pintan, incluso, cada año, del mismo color sus casas.


Caminaba por la acera cercana al parque. Tenía planeado comprar el pan. Asimismo, llegar a tiempo a casa para recibir la visita de mis amigas. Nosotras nos reunimos para continuar los relatos de nuestros capítulos. Solemos darle a nuestras vidas esa continuidad forzada. Nos entretiene y nos une. Nuestras desgracias son fáciles de compartir. Creo que también somos fáciles de consolar. Muchas veces me cuentan sus cosas y las siento tan mías que lloro en sus hombros. Sin embargo, un hombre de aspecto descuidado estaba en la entrada de la panadería y perdí la sensibilidad que había logrado con mis recuerdos. Extendía su mano, no sé si pensando en dinero o en pan, aunque creo que es lo mismo. No lo había visto nunca. Cada lugar tiene sus hombres acabados pero los extraños como éste, siempre se hacen notar como peligrosos.


Fingí no haberlo visto para comprar mis panes sin contratiempos. Fue inútil. Sin retirar su cabeza de entre sus rodillas me cogió el vestido con su mano. No pude gritar. La impresión fue suficiente para ahogar mis palabras.


- No es necesario asustarse. No le haré daño- me soltó el vestido y dejó su palma abierta.


Cuando escuché su voz me sentí aliviada aunque al verlo con detenimiento lo único que deseaba hacer era retirarme. La curiosidad por ver su rostro me detuvo.


- Buen hombre, tengo dinero solo para comprar el pan. No podré ayudarle - dije sinceramente.


- Yo no deseo su dinero. Solo quiero lo que me corresponde- manifestó sin revelar su rostro. - Lo que me correspondía - agregó mas no se corrigió.


Definitivamente estaba decidido pero él estaba esperando algo de mí. No me iba a forzar a nada. Me inquietaba ignorar lo que este hombre requería. No ha visto mi rostro al detenerme, no es un pobre diablo de por aquí, sigue teniendo la mano extendida... podría extendérsela a cualquiera; no sé por qué sigo de pie ante él. "Yo no deseo su dinero" dijo, entonces por qué sigue su mano extendida.


- Somos parecidos... A usted le falta lo que a mí me faltaba. Finalmente he llegado a las calles que vi en mis sueños. Usted es la única que ha cambiado; pero es la misma esencialmente - al pronunciar estas palabras cerró la palma de su mano y mostró su rostro.


El hombre extraño tenía mis ojos. Conincidía con las historias de algunas de mis amigas. Su cabello era ondulado y oscuro, sus labios delgados eran tiernos a pesar de los años en la calle. Sus ojos eran grises como el cielo en este lugar. El hombre que esperaba con la palma abierta era mi hijo. Ambos nos olvidamos, no recuerdo por qué; pero eso no importa. Creo que mis amigas entenderán por qué lo llevé a casa.




Lima, 13 de setiembre de 2011


Rosario del Castillo


domingo, 10 de abril de 2011

Elecciones

Acostumbraba ir temprano a votar. Lo hacía para librarme del peso de una deuda. Al menos, eso es lo que siento en las elecciones. Esta vez, desperté tarde. Era casi mediodía.

En las calles, la sombra me evadía. La gente hacía lo contrario. Era difícil esquivarlos. Me reconfortaba no haber sido el único en esa incomodidad. Acaso otras son más trágicas. Bástenos imaginar una casa en un cerro...

Llegué al colegio donde debía votar: el José María Eguren y como sucede cuando llego a un lugar donde estuve antes, recuerdo a las mujeres que encontré allí. Sé que hubiese sido mejor recordar los versos del poeta y no las imágenes de mi memoria. Sara y yo fuimos amigos de pequeños. Fue mi primera amiga o acaso, así deseo recordarla. Nos conocimos en mi colegio: el San Luis maristas, que queda en el mismo distrito que el otro: Barranco. Los dos vivíamos en Barranco, ella, en la parte bonita y verde; yo, en la parte peligrosa y gris. Creo que ella no lo sabe. Ubiqué mi mesa de votación. La ONPE numeró la mesa con la cifra 403. Subí las escaleras. El aula estaba al final del pasadizo. Como me es usual, luego de cruzar un lugar sin mirar a los lados, vuelvo la vista.

Fue entonces cuando la vi. Me demoraron un fila de votantes. No recuerdo esos rostros. Solo el de ella. La saludé; me miró; pero no hubo respuesta. No me acerqué. Se comporta de esa manera desde que tiene dinero para estar increíblemente bonita. No la culpo. No soy digno de recordar. No es la única que lo ha hecho.

Hice mi elección. Demoré poco a diferencia del resto. Me fui marcado de tinta. Oí mis pasos entre tantos. Camino a casa, pensé en los candidatos que no ganarán. No sentí pena por ellos. Creo que así se siente la mayoría que me conoce.


Oscar E. Donayre Gonzales

Lima, 10 de abril de 2011

sábado, 9 de abril de 2011

Lo perdido

El resplandor de los primeros jardines se fue,
los pies del hombre tocaron la tierra, un camino
se hizo de polvo y olvido, y los testigos
insondables maldijeron lo que podemos ver.

Crucificada la naturaleza tuvimos,
las espinas no solo son coronas, también
son los lazos, las incertidumbres, el poder...
los cinco sentidos son un engaño, un descuido.

Empobrece respirar los límites de la piel.
Se hace tarde y observamos las escrituras
en nuestras manos: "Anciano pobre, lleno de hiel".

Nos doblegan esas imparciales ataduras
a desprendernos del sueño en que tratamos de ser;
creamos, como el Otro, una grosera figura.


Lima, 03 de agosto de 2011


Oscar E. Donayre Gonzales

sábado, 26 de marzo de 2011

Pacto y opúsculo

No es doloroso ser desconocido. Nadie lo es completamente. Creo que ser ignorado tampoco. Deberé manifestarle la excepción al lector que me reveló esa axioma personal. Mas sé que podrá descifrarse. Sería injusto obviar los méritos apócrifos de un hombre que incluso vivo ha sido ya olvidado. No menos severo que saludable seria mencionar a los culpables; pero basta la palabra "sociedad" para imaginar un error principal y en este caso, señalarlo. Los años no me dieron rigor sino el decurso después de alejarme de otros. (Usaré estos paréntesis para aproximarme al lector. Con respecto a los años, sepan que, preguntárselos a otra persona es una estupidez.) Con seguridad y convicción manifiesto que la sociedad ha perdido la habilidad o mejor dicho, la capacidad para reconocer a individualidades ejemplares. También la capacidad de generarlas. Las artes han dado tal libertad que las esclaviza el universo oscuro. Existe un temor hacia el intelecto, un repudio. El vulgo acepta y celebra ejemplares sencillos -por no decir mediocres-, superficiales; busca sujetos "de éxito" (hombres que pueden resumirse en una línea no lo son.) Incapaces de elaborar una identidad -porque descubrirla es imposible- pretenden imitar a aquellos que están groseramente equivocados. (Sé que me excedí, lector, llamarle pretensión es exagerado e indulgente. Me corregiré. El tropel simplemente no se opone a lo imbécil.) Sonríen, plenariamente, por su caracterología innecesaria. Son abominablemente homogeneos. Veo que el éxito actual requiere de cualidades inhumanas o mejor dicho, animales. ¿Es acaso la estupidez un accidente? Tengo para mí que es lo contrario. Igual de falso que el arte contemporáneo es el seudónimo. Sin embargo, en el seudónimo hay rectitud. El falso nombre es estricto. Quizá el vulgo merezca solo seudónimos sería una ayuda y a la vez un castigo. La posibilidad de atribuirnos otro nombre es maravillosa. Reconozco que sería pertinente crear una mentira. Debo manifestar que no soy sensible; pero mantenerme atento resulta similar. El gris ocupa el mundo. Algunos quedamos para recuperarlo. Otras eras me comprenden, eras de aves y soles; mi anacronismo me hace invisible en estos años. Mi paciencia y dedicación se confunden con lentitud; mi cautela y consideración, por cobardía; mis opiniones o ideas, con aburrimiento. Suelo mencionar que solo los estúpidos se aburren; mas olvido que los estúpidos también son sordos. Sería apropiado desesperanzarme. En reino de bufones, los reyes pierden sentencias. Es difícil encontrar a personas con dignidad, y más, con dignidad de orden intelectual o espiritual. (Lector, tan único, semejante y solitario, comprende la estrategia del seudónimo ¿verdad?) El nombre que me dieron mis padres no es suficiente. Necesito nuevas letras para una justicia perdida. Somos resultado hasta de lo que creemos que resta. Patéticamente, soy agradecido. Desprecio o concordia es uno; mas la indiferencia no ayuda. Solo considero a alguien cuando sé que intenta dirigirse. Hijo de un padre modelo; hombre, sin embargo, entregado a los excesos. Dedujo salvación a través de la poesía. Fue conocido como el "memorioso judeo-español" durante el siglo XV en Andalucía. David Sefardí, llamado también Mehir Sefardí, escribió los siguientes versos:
Te odio mujer. Agradezco

tus miserables engaños.

Una identidad merezco,

de tus labios, de los años.


Hallo cautivador su agradecimiento. No menos agradable ha sido el hecho de que ninguno de sus poemas hable de la obligación de ser católico o del cambio obligatorio de nombre, es decir, de su época. Sabemos que aquel poeta supo de su origen. El poeta que alcanza los temas eternos no será olvidado. Al identificar su odio, le expropió su naturaleza. La emoción severa, resentida y agresora se anula. El odio es inicial mas la calma es futura. El poeta no buscó consuelo sino que una madura resignación lo volvió condescendiente. El poeta será señalado, acaso injustamente por la desleal. Será visto como el que odia, es decir, como el equivocado. Personalmente, considero que esos miserables engaños han sido elevados. Se consiguió un hermoso castigo, uno que quizá imite esta noche.

Sucede lo mismo con quienes me conocen o me ignoran. El azar vuelve ese hecho una ventaja colectiva. Una justificación. (Lector, no se apresure a llamarme ególatra o vanidoso. Una palabra exacta sería progresivo.) Jean Paul Sartre dictaminó: "Hacer y haciendo, hacerse". Lo que parece un juego gramatical es más un auno de los tiempos próximos del hombre, una concentración, una formación y tal vez, una advertencia. En este caso, la apariencia es profunda, como en el caso de la mujeres. Lo que yo hago, casi obligatoriamente, bajo el horario aberrante de un sistema irreversible y errado es mantener la poesía viva. Evito distracciones tanto como reuniones sociales. Soy constante. El usar uniforme es un insulto. La heurística me recuperará; pero la historia no sabrá de mí.

Veo inmutado que los periódicos registran escándalos y tropiezos. Le doy la espalda a las noticias. Sin embargo, he existido entre esa historia, he vivido ante esos hechos. La vida ha sido un barro deforme que he manipulado a voluntad. Califico mis textos como tentativos y algunos amigos como valiosos. Me gratifica que recuerden palabras mías.

Alguna noche -una semejante a la de mañana- tres hombres resolvieron hacerse símbolo. Negaron lo evidente, lo efímero, las malas interpretaciones para hallar una imputrescible. Crearon y se atribuyeron un seudónimo. Crearon, lo que desde el Edén se crea, una ficción; se atribuyeron lo que el hombre con su flotante inteligencia se atribuye, lo necesario. Shakespeare, en la escena ii del acto II, manifiesta en los labios de Julieta, cuando ella se revela contra el enfrentamiento de Capuletos y Montescos, lo siguiente: "Es solo tu nombre el que es mi enemigo. Tú eres tú, te llames o no te llames Montesco. ¿Qué es ser un Montesco? Desde luego, no es una mano, un pie, un brazo o un rostro, ni ninguna otra parte del cuerpo humano. Digamos, por ejemplo, cualquier otro nombre. ¿Qué hay en un nombre? A lo que llamamos rosa, con ese u otro nombre conservarían el mismo aroma. Romeo, arráncate el nombre que no es parte de ti, y en su lugar tómame a mí por entero". Nosotros nos arrancaremos el nombre y haremos parte de nosotros la falsedad y certeza del seudónimo para conservar el aroma de una rosa.

En un curioso momento pensé en los arquetipos. Irresponsablemente extendí su concepto. Si el otro es aceptado por el vulgo, ¿no harían ellos de éste una abstracción real? ¿No habría entonces un modelo ideal de ese error? Si en el mundo de las ideas están los errores, entonces, acertar en este mundo más que una proeza es un milagro. Muchos escritores no usaron seudónimos sino que cercenaron sus nombres o los modificaron. Creo que es válido decir que hay arquetipos de los conceptos. En el Oriente los Libros Sagrados como el Corán son réplicas. El original es divino, un atributo de Dios. En los libros verdaderos hay signos y símbolos, también conceptos y definiciones; pero ¿no son las definiciones límites? Si lo son por qué están en los cielos. Quiero saber quién lee aquel libro, poco importa si se recuerdan mis palabras, deben hallarse las otras. Todos estamos allí, salvados por nuestro verdadero nombre.


Eduardo Babel

Buenos Aires, marzo de 2011

lunes, 7 de marzo de 2011

Poema en la Estación Rodoviaria de Caju


Para Lígia, Liginha, por demostrarme que todavía tengo corazón.


Me alegra saber

Que existes

En la ciudad.


Que cuando apuro el paso,

Anónimo como un cuerpo contundente veloz y absurdo,

También tu cuerpo frágil se acompasa

Al trote del rocín sin gloria.


Que cuando tomo mi café,

Y la tropelía que nunca entiendo

Celebra misa de cuerpo presente,

Me acompañan tu sonrisa,

Tus ojos castaños,

Que no se justifican,

En la Rua Primeiro de Março.


Que mis cuentas no cierran a fin de mes

Y tu mano (podrían ser tus cabellos y su resplandor)

me traza como el polen se dibuja contra el viento:

Calma, corazón, calma,

a gente dá um jeito”.


Entre trece millones de Homo sapiens

Que pasean, aman, pagan cuentas, odian o almuerzan à la carte,

En Caju, en la Rua Sete de Setembro, en Inhaúma, en la Avenida Dias Gomes,

Es una alegría saber que existes,

Ubicua, única, cercana, Lígia en el corazón.


Pedro Gullar.

Rio de Janeiro, Carnaval de 2011.


Siembra. Andrés Zevallos.














viernes, 11 de febrero de 2011

Estaciones de polvo

"El que no ama, ya está muerto"

Arthur Schopenhauer

Hay flores sobre la tierra,
árboles, nidos y aves.
Hay hombres que aman la naturaleza,
la música y las voluntades.


¿Quién conserva en sus manos
las hojas que otros dejaron?
Fue la tinta más pura que la sangre,
y antes de serlo, el hombre.


Nunca han cesado las redes
de atravesar a los mares,
nunca ha dejado la espada
de abrigar la cierta carne.


La sombra de las gaviotas
quedaron sobre la orilla
como nuestras intenciones
ante un beso no otorgado.


Pudo Dios dejarnos solos
pero ha llorado belleza.
Las rosas de Oriente no se detienen,
tierna avanza la saeta.


Quedan los fieles poetas,
los antigüos, los de mármol
y quedan libros en la biblioteca
como Adanes olvidados.



Eduardo Babel

Buenos Aires, febrero de 2011

sábado, 29 de enero de 2011

Sal y cenizas para una mujer inventada



"y una linda guachinanga,
sí, allá voy yo"
Sebastián Iradier. La paloma.



Me han contado de un paraíso
de pescadores y gaviotas.
En la orilla,
mujeres bellas
como escogidas.
Sobre los labios,
a la hora de la vida,
el gesto rojo,

abierto pecho de pardal
entre la ceniza.

Marineros de baja patente
que cargan sus canciones
del mar inhóspito,

a fuerza de tanto adiós,

prometen pasiones brujas,
palomas de colores desconocidos,
izan banderas de algún lugar remoto,

nadie los ama,

y, sin embargo,

beben su cerveza,
se acaban a trompadas,
besan la cruz sobre el pecho salado,

como si la vida
fuese eterna.

Las noticias ya no me vienen
de Londres y París.

(Que abran el paso)

Lezama
Bola de Nieve
Martí

Veo bien sobre la trinchera
y digo
pan, fuego, vino,
lo demás lo ignoro.
Me importan el precio del azúcar,
el campeonato de fútbol,
la política fiscal

y tu sonrisa de ángel.

Con las flámulas arriadas del crepúsculo,
también los cantores se van en retirada,
no sin antes despedirse
de una mestiza,
del gorrión,
del amor.

Pedro Gullar.
Rio de Janeiro, 2011.

martes, 28 de diciembre de 2010

La chica del humo

Toda dedicatoria es un ofrecimiento;
estas palabras ya les pertenece.

0

Más que un reecuentro fue una noche. Toda noche es consecuencia de una tarde, que es el último verso del día. Nuestro reencuentro fue estrictamente geográfico pues siempre nos ha unido la poesía. Un reecuentro necesita de una previa separación. Evento que jamás fue ni será nuestro caso. Francisco, José Antonio y yo fuimos al café (el café sin afán de nombre, sin pretensión de reconocimiento) que se ubica frente al colegio Experimental en Barranco. Pero, como suele suceder en la poesía, nuestro intento superó a la satisfacción. El café estaba cerrado. Resolvimos -utilizo el plural porque no recuerdo quién lo propuso- ir al bar "Juanito". No habían asientos libres. La opresión de un peso los ocupaba. Mientras acordábamos otro lugar, una mujer se nos acercó. Estábamos en la puerta, posiblemente estorbando. Su inglés despistó a mis amigos. Conmigo no hubo tal efecto pues me interesaba más el lugar al que iríamos que descifrar la inapropiada pronunciación de una mujer ebria. Califiqué en silencio que no había respeto hacia su lengua natal, menos rigor o disciplina. Francisco le dio un cigarrillo, su petición tenía más de gozo que de necesidad. Nos refirió que era su primera visita al país y que era maravilloso. No existió eco ninguno; pero, claramente reconocí la palabra "visita". José Antonio le preguntó su procedencia. Ella dijo que era de California. Yo me pregunté, si en un país ajeno al mío, al mencionar el departamento, o en mi caso, la capital -sé que esta aclaración podría resultar hiriente- se sabría de qué país vengo. Salieron del bar un hombre y otra mujer. El hombre nos saludó con una sonrisa breve y sincera. La otra mujer, cuyas piernas incitaban distracciones, prefirió el silencio, no creo que lo prefiera porque le agrade sino porque le ayudará con la polémica. Francisco y José Antonio, que son más observadores que yo, infirieron que tres asientos habían sido abandonados. Ellos reingresaron al bar. Los seguí.

1

Las miradas nos vigilaron hasta sentarnos. Durante ese despropósito visual, Francisco afirmó que la única chica de pie en el bar era la más interesante. Aquel comentario fue una sentencia para los que hacían poco con sus ojos (no podemos decir que era un ejemplo porque evidentemente no había nadie allí capaz de seguirlo) y causaría una fijación profética a José Antonio. La segunda y última sección del bar estaba repleta de afiches. Reconocí al insuperable grupo de rock n´roll, The Beatles y me extrañó uno que manifestaba una candidatura presidencial de Gastón Acurio. Los demás eran insignificantes o no les atribuí significación; sin embargo, cuando pretendía reincorporarme a la conversación, el humo de un cigarrillo bailó frente a un afiche feminista. Si la memoria no me engaña, llevaba impreso en letras coloridas, la siguiente protesta: "La mujer no es una cosa en la TV." Rechacé aquel reclamo por incumplidor y exaltado. Quise buscar de qué boca prevenía el humo. Quise que fuera una bella mujer. La noche dejó de ser tan obscura. Ella sostenía el cigarro con su muñeca en descanso. Comprendí por qué bailaba el humo. Ella se lo permitía. Sus párpados eran carnosos, ensombrecidos quizá por sus implacables noches, enrojecidos tal vez por ese humo. Su mirada era tentadora, más que las ceñidas olas de su cabello. Me invadió una magia de hace cuatro décadas, sus atributos han dejado de ser del espacio. Me sorprendió que a pesar del color crema de sus ballerinas, su piel blanca destacara con elegancia. Ciertamente, la camisa roja y el pantalón negro fueron el contraste preciso. Repentinamente, rió y cubrió su rostro con ambas manos. Aquella tierna manera me ocultó su risa; delicadamente permaneció en secreto. Mas, sus manos fueron como un velo y no un antifaz. Otra mujer causó su risa y la duda de José Antonio con respecto al género de la bromista, me hizo reír a mí. Ellas y el afiche resultaron una coincidencia ubicacional y simbólica. Sin embargo, ella también tenía el espíritu del afiche de The Beatles. Al ver su rostro nuevamente, noté que de su bolso sacó un instrumento curioso. Eran un cilindro hecho de plástico y cuerdas. Su funcionamiento era sencillo, no sé si su ejecución requiera habilidad. Un extremo tenía una tapa elástica con una cuerda en el medio, la cual mediante un tirón daba el sonido. Ella jugó con el instrumento o para darme a las especificaciones, ella se llevó el extremo hueco a la oreja y escuchó mientras sonreía, el llamativo pero leve sonido del instrumento. La mujer que la acompañaba se lo pidió. Ella se lo dio manteniendo su sonrisa. Luego, sucedió lo más hermoso de la noche. De su bolso, sacó un estuche circular negro que cabía en la palma de su mano. Lo abrió y lo sostuvo a la altura de su pecho. Hubo silencio. Sus dedos se deslizaron por el polvo y su mirada se detuvo en el espejo. Sus mejillas eran acariciadas, sus dedos perdían el polvo. Adiviné su naturaleza femenina, aquel rasgo terrible y sutil. Detrás de ese espejo y en la otra mesa, estaba yo, memorizándola. Francisco la reconoció también.

2

La que estuvo de pie, ahora estaba sentada a mis espaldas. No estaba sola como cuando la divisó Francisco en la primera sección. La acompañaban mujeres de distintas y permitidas edades. Francisco pidió una jarra con cerveza. El mesero o el sujeto que nos atendió, advirtió que debido a la cantidad de pedidos en espera, (es decir, debido a su lentitud) el nuestro demoraría. El reecuentro hizo de esa exhortación, un infortunio prescindible. Fue después del pedido de Francisco, que José Antonio sintió o mejor dicho, fue vencido por la belleza de esa serena mujer. Por la reacción la supe guapa; pero buscar una confirmación ocular (lástima que el hombre sea un ser ocu-dependiente) y exponerme a ser frustrado por el humo del cigarrillo evidenciaría más un acecho que una curiosidad. Bastaba con la constancia de José Antonio. Además, era otra mujer la que me atrajo. Esa mujer, por ser lesbiana, era más mujer. La cerveza llegó e hicimos un brindis. Nuestros vasos de vidrio se juntaron por única vez en la noche. Francisco recibió una llamada. La jarra tenía aproximadamente para un vaso. La aclaración de Francisco fue la siguiente: "Mi madre me ha pedido que vuelva a casa. Olvidó su llave." Francisco no deseaba irse; pero debía. José Antonio le propuso quedarse un rato más, que era lo mismo que desobedecer. Luego, le insistió. Cuando José Antonio me sirvió la mitad de lo que había en la jarra, comprendí que había aceptado la próxima ausencia de Francisco. Con la partida de Francisco aumentó el interés de José Antonio por la chica. Incluso las conversaciones peligraron por esta mujer. Él la miraba y me manifestaba la belleza que me perdía. Conversamos sobre: el judaísmo, los libros sagrados, los libros clásicos, los medios de difusión, la discriminación, la carente valía de la democracia, de las mujeres y el amor. Excluyo de esas menciones la política y los burdeles porque esos fueron soliloquios de José Antonio. En los bares de Brasil es sencillo iniciar una conversación con una mujer bonita, me dice José, lo difícil es lograr algo con ellas. Me propuso hacer lo que él hizo alguna vez, escribir en una servilleta un poema y dárselo a una mujer. Hubo un chantaje y una condición. Yo no tenía dinero y José Antonio expresó que el solo pagaría si yo entregaba ese poema; la condición fue que se lo diera a la mujer a mis espaldas. Accedí. Cuando regresó del baño me preguntó por el poema y mi servilleta aún estaba en blanco. Le expliqué que no suelo citar los versos de otros autores, como fue su caso, sino que elaboro los míos propios y esos son los que entrego. Creo que en mi método hay más riesgo. José Antonio hablaba en voz alta y la chica se dio cuenta de lo que pretendíamos. Pensé que sería absurdo darle el poema. Uno de los encantos de transmitir un poema a una mujer se halla en la sorpresa y no en la espera. Quizá una supuesta expectativa me intimidó. El poema fue el siguiente: "He hallado en tu idioma de aves y de rosas, un himno de verde eternidad. Un adiós te espera, un adiós que no sabré pronunciar." Puse la servilleta bajo un vaso vacío. La mujer de enfrente se fue. La mujer que estaba a mis espaldas recibía más gente en su mesa.

3

Una pareja convencional ocupó el lugar de la chica del humo. José Antonio y yo comimos unos emparedados y bebimos unas gaseosas. Pedí la cuenta. A la sección tapizada del bar, llegó Fabiola Sialer con dos amigas. Ella cooperó con el profesor asignado y estuvo cuando él no pudo. Se encargó diestramente del curso de guión para documental. Ella me enseñó a ver "El niño ciego" de Johan Van der Keuken y compartió, en otra clase, "Los hilos invisibles" (cuán satisfactorio es ese título ahora, cuán ilusorio) un documental de su autoría. Esas dos clases me bastaron para saberla una mujer cálida y sagaz. En la primera clase, me agradó el tímido apoyo con el que nos insinuaba su delicadeza. Evidentemente, la pared actuaba como símbolo antagónico. También, su preocupación sigilosa por bajarse el polo mientras se empinaba para encender el proyector del aula. Me fascinaron las estrias de su vientre. Me enterneció a cabalidad. En la segunda clase fue la primera vez que usó la pizarra. Cuando escribía sus muslos se movían con cadencia. Fabiola y sus amigas realizaron un brindis. Sus tres vasos se juntaron. No quise alzar la voz para llamarla así que le pedí al mesero que le avisara para darle nuestra mesa. José Antonio estaba de acuerdo con ese gesto pero quería que la llamara para conversar. Yo no podía quedarme más porque debía levantarme temprano. Ella aún estaba enfrente cuando me vio. Le saludé con un solitario movimiento de mano. Ella hizo lo mismo. Imagino que en distintas áreas compartimos la timidez. Fabiola discutió unos segundos con sus amigas, imagino, mi propuesta. Ellas se acercaron. Fabiola me preguntó cómo iba con los guiones. Su pregunta sugería una diplomacia que tuve que continuar. Me detuvieron las sillas. Su amiga me ayudó a salir. Ella me despidió con una sonrisa. Yo me despedí en su mejilla. Al salir la media luna estaba increíblemente amarilla. Era ya más de medianoche. La servilleta quedó en su mesa.

Lima, 28 de diciembre de 2010
Oscar E. Donayre Gonzales

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Borges ciego

Si el corazón,
en cierta medida,
es penoso reo de las trampas
que el propio se tendió,

présbita al amanecer,

encendido visionario

al ocaso,

si es,
por otra parte,
llevada cuenta
de su rutina,
un objeto que, respirando,
va veloz,
en ómnibus y a pie,
por la ciudad,

si es,
como el universo,
algo que se expande
aun sabiendo
que es
eterno,

y un día,
más temprano que tarde,
se contrae

al punto
de concentrar toda energía-masa
conocida

de los miles de millones de planetas
que pasean en torno de las estrellas,

de los miles de millones de estrellas
en una danza de la muerte,

de los miles de millones de galaxias,
muriendo un poco a cada día,
siguiendo marcialmente las leyes del genial inglés,

arrastrando también la masa
de ti y tus padres y hermanos
y la chica que no te quiere,

el amor que no viviste,
los polvos que no lanzaste,

y también tus zapatos y tus sentimientos,
tus películas del Viejo Oeste y tu noble odio guardado,
el cuello de tu camisa y tu guitarra,
y hasta del idiota al que tu princesa ama,

digo yo,
en Sudamérica
(pleno siglo XXI,
con mi café),

¿qué sobrará de los poetas
y los poemas,
y los estantes,
y las musas,
y los burdeles,
y los libros
(incluso aquellos de tapa dura)?

José Vargas B.

domingo, 10 de octubre de 2010

Plata

Tu historia es un reflejo
del valor y de la gloria,
tu espejismo, una estatua de un perdido desierto.

Te veré siempre como una hermosa daga,
que es un espejo,
que es la otra muerte y la misma dama.

Ya no es mi piel, tu tentación reclama.
Eres la noche de los metales,
el infinito que me acompaña.

Mi rostro descansa las pupilas,
y otros rostros me dejan,
es otra noche de luna
que despide el fiel mar rojo.


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 10 de octubre de 2010

Dos sueños y otro (menos)

Qué es el sueño sino una pesadilla.
Su naturaleza es desconocida;
es una cruel maravilla
de mil años de tormento.

Se le han susurrado dignos poemas,
se le han entregado válidos versos;
pero son más los hombres, hartos en secretos,
los que se han perdido en su beso incierto.

De la noche no temas, ni siquiera de lo eterno;
huye de la multiplicación de las imágenes,
del laberinto que te hace otro,
de la luz que te muestra un rostro perpetuo.

Solo Dios se privó de los ojos,
de los párpados,
los días y los sueños.
A nosotros, que nacimos de su sueño no soñado,
nos queda soñar y darle uno solo.


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 10 de octubre de 2010

sábado, 9 de octubre de 2010

Mentiras

I

Sutil se manifiesta la mentira,
los hombres disfrutan de su ventaja;
el nombre desaparece, rebaja
las vidas pasadas. Se abre una herida.

La justicia, el orden, ya no respiran,
la atrocidad de un instante destaja
(permanece la flecha en la sonaja)
el lazo, el significado, la vida.

El hombre no merece la palabra.
El mudo sabe el lenguaje que labra,
no sueños o máscaras, sino una voz.

Es Dios quien se apiada al no mencionarnos,
de sus libros tendrá que separarnos:
nos manda al Verbo, concede perdón.


II

Existió un árbol que fue una advertencia,
espejo de nuestra naturaleza.
El hambre es fruto de rara certeza,
¿será la semejanza una sentencia?

¿Será la imagen una subsistencia?
la saga de su libro cruel empieza,
es la génesis soberbia destreza
y el apocalipsis su tenencia.

Lo siento Eva, no pude detenerte.
El paraíso tuvo dos serpientes,
tortura que una calle para siempre.

Resulta que tu luz es divergente,
dos o más y tu nombre permanente...
¡Qué hacer con Dios cuando es tan diferente!


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 09 de octubre de 2010.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Balada por un Homo sapiens

Balada por un Homo sapiens

Ese hombre con su maletín,
el otro al lado
con su crucigrama
y sus deudas,
su semejante,
enfermo y adeudado,
con su gastritis,
sus temblores,
su chompa de lana,

estibadores anhelosos
del sueño del mundo,

carguen,
sobre el esternón
de poca monta,
acaso más verdades
que mis bibliotecas infinitas,

con Dumas y Erasmo
a la vanguardia del florentino,
y a retaguardia
de los pensadores,
que todo lo franquean.

Un hombre éste,
un hombre aquél,
sus sombreros
igualmente humanos,
¡adelante!

Sócrates y Russell,
y también Voltaire,
Homo sapiens,
¡adelante!

El ser humano,
querido viejo ignaro,
este animal que,
pese a su nostalgia imperial,
tiene conciencia de que la carne
vive
y después se muere,

pese, sobre todo,
a sus contradicciones
y a sus mil nombres,
ama en bancarrota,
se emborracha a fin de mes,
hace el amor en el boulevard.
No es tanto nacer Homo sapiens,
sino hacerse hombre,
diría Bernard Shaw.

Que esta notable bestia
tenga día suficiente
y dirija una venia
al catafalco de Pedro Rojas.
Que tenga voluntad
y haga de María Antonienta
una mujer cualquiera
(en el siglo XX)
frente al Sena,

primera plana de las gacetillas
parisinas.

Pero, sobre todo,
que no les falte vida
a sus días tristes,
la frente baja
junto al tiempo,
esta hoguera del mundo.

J. A. Vargas B.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Entre la vereda y el firmamento

Me demoro al caminar, no porque el cuerpo haya perdido capacidad sino porque la capacidad actual considera peligrosa la velocidad. Las edades avanzadas (no perpetremos a los matusalenes con esas inválidas palabras) o el buen avance de una edad -como es el caso de su servidor- permiten al individuo ser más precavido. Considero que las precauciones, además de darse para evitar daños o dificultades, son alivios que se da el hombre, pretendiendo extender su afán por añadir experiencias o fantasear con el control del destino (que no es lo mismo porque uno de estos actos es impío). El hombre anhela dictar sentencias, incluso a las circunstancias: al laberinto que siempre espera, a esa parte del tiempo que siempre está pendiente o mejor dicho, que acecha.

Mis pasos, para muchos, ya no son míos. Recuerdos los convencen. Recuerdos que además de ser remotos, son absurdos pero no carecen de ternura. No tengo exactitud pero deben haber transcurrido al menos 4 años sin que el suelo me haya recibido, ya sea por un descuido o un tropiezo -ambas cualidades (perdonen la palabra) son inaceptables para los que no calificamos de infantes o ancianos-. Las huellas me demuestran que hay otro. Ése me detiene. Yo persevero en construirme. Él a veces, me reconstruye. Compartimos la voz y el anfiteatro. No fuimos y no seremos, solo somos. Andamos y quizá nuestra disciplina es apariencia pero la creemos e ignoramos que sea así; es, entonces, un efecto que se resuelve en fe propia, es una vanidad implacable.


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 01 de septiembre de 2010

domingo, 15 de agosto de 2010

Nevertheless

Nevertheless

"Los que amaron dirán:
'Conozco esta canción
y me había olvidado de lo hermosa que era'"
Juan Gonzalo Rose. Primera canción.

No ocupan el mismo espacio
el viento rarefacto
y la guerra perdida
con su bandera arriada
mojada en sangre universal,

o las promesas incumplidas,

o las empresas en joint venture,

o el amor barroco
con su irremediable humanidad,
endeble como todo lo que es humano,
o,
en el corazón finito,
las enfermedades, el desfallecimiento,
el asfalto en la Avenida América.

Esto para no mencionar
el perdón de las deudas,
los juicios sumarios,
el vuelto en los mercados de abastos.

Nada de esto
abarca los mismos dominios de una guerra.

¿Y el buen aspecto
de cuando universitarios?
¿Todavía la vida en pie
a despecho de los años?
¿Qué hay de los sueños
blasfemos o truncados,
la lucha de clases,
los burdeles en los boulevards
de Rio y de Pyongyang?

No hay el mismo espacio
para los escopeteros
de la Legión Extranjera,
sus flámulas de vanguardia,
que para el crepúsculo,
menos que más en la vida,
menos que menos en las tardes,
menos entonces
cuando hace parecer
que la vida
es eterna.

Sé,
al margen de mis dudas,
de un lugar sobre el espacio infinito
donde caben todas las cosas,
mi café,
mi querencia,
Vallejo
y aquella vieja canción.

Nos habíamos olvidado de lo bella que era.

J. A. Vargas B.