lunes, 7 de abril de 2008
En candilejas
Es una canción muy buena y que dice un poco de cómo uno se siente en esta vida. Siempre salimos de un amor y vamos en busca de otro, pero no salimos iguales. Nadie pasa inmune por los amores y desamores. Salimos de las decepciones viejos, no por más maduros, sino por más acabados.
Candilejas - José Augusto
Música por sir Charles Chaplin
Tú llegaste a mí
cuando me voy.
Eres luz de abril, yo tarde gris.
Eres juventud,
amor, calor, fulgor de sol;
trajiste a mí tu juventud
cuando me voy.
Entre candilejas te adoré,
entre candilejas yo te amé.
La felicidad que diste a mi vivir se fue;
no volverá, nunca jamás, lo sé muy bien.
José Vargas Bazán.
Rio, abril de 2008.
sábado, 5 de abril de 2008
23 minutos
Despertó vestido con un conjunto de camisa y pantalón de algodón que usaba los miércoles, jueves y viernes, para dormir. Se apoyó en el velador que estaba a su derecha, buscó sus franciscanas y se fue al baño. Cogió su mandíbula anciana, palpando una barba de tres días. Bajó sus manos y callado, empezó a verse frente al espejo, arrullado con el gotear del caño.
Puso la misma cara triste de siempre, y queriendo darse lastima la consiguió. Sus ojos empezaron a botar lágrimas que carecían de verticalidad por desviarse en las arrugas de su rostro.
Se mojó la cara y, alentado por una fatiga, apoyó sus manos en el lavatorio.
“Creo que esa vez fue la última”.
Había dicho hasta luego como últimas palabras para auqellas conversación y recibió un nos vemos como respuesta. Eran tiempos de desidia y risas irresponsables: de edades mantenidas. Así pasaron días, meses y empezó a pensar si aquella había sido la última vez. ¿Por qué ya no aparecía? Coleccionó horas en postales y sus pies a veces se convertían en témpanos pretendiendo el socorro. Hizo muchas cosas para disimular la espera.
Y sus camisas se volvieron geométricas, y aparecieron pañuelos gastados en sus pantalones gastados con enmendaduras ya gastadas. Su espalda se cansó y cosechó cerros osificados. Los días hicieron que se dé cuenta que esos ya no eran sus lugares, que su edad ya no era adolescente; que la enfermera lavaba sus pañales y que la sopa cada vez le parecía más agradable. Así que se fue a esperar a otro sitio, porque eso era lo único decente que podía arrimarse a su inacción.
“Creo que esa vez fue la última”.
Ignorando sus asimilaciones de realidad, salió del edificio, se sentó en la banca de en frente y, tranquilizado por la sombra del naranjo, ejecutó una vez más el rito que llevaba décadas de existencia. Los cerebros suelen caminar y por eso se gastan cuando uno envejece, dijo alguna vez en sus años de adulto.Se levantó y resignado como los días anteriores al mediodía, inició el regreso al ostramiento en aquel edificio. Sus pies lo guiaban, indicándole que habría que cruzar nuevamente esa pista. Y a su cabeza vino nuevamente lo que había pensado en el baño.
“Creo que esa vez fue la última”
Y de repente, en medio de esa pista, sintió que algo tocaba su hombro. Era ella, pidiéndole que volteara, que había llegado. Y vio dos platos llenos de vació y manteles monocromos. Vio la misma armadura qué él había tocado para salvarle la vida. Cuando sintió que su hombro había sido tocado, vio todo. Iba a haber mucho de qué hablar. Estaba contento, porque aquella no había sido la última vez; porque a pesar de su edad después de todo, él podría seguir esperando.
El camión aceleró dándose a la fuga, dejándolo tirado.
Francisco.Decirte algo
y me siento a su costado.
Encontramos las once,
tan dentro
que es bueno y triste.
Sus costillas anochecen...debe dolerle mucho el interior.
Solo fui a ver la piedra
y terminé entendiéndole,
descendí de mi cabeza
como lo hice cuando mamá se fue.
Mi mente se amarillenta
y sollozo nada,
como la piedra
no como mamá,
sin perecer.
La piedra viste de mujer
y nadie la entiende
y nadie la escucha,
nadie le otorga un silencio
nadie besa su pena,
nadie acaricia su amapola separándo las moléculas protectoras
para su núcleo querer.
Y es que
ella es tan honda
que casi toca la boca de mi todo.
Se asemeja a un estómago
que funciona
con la muerte dentro.
Entro a casa.
La noche es regurgitada por primera vez.
Salgo a mirar la piedra
y la acompaño.
Le encuentro tan dentro las once
que la piedra se va.
Sus costillas amanecen...debió darse cuenta de su interior.
Solo fui a mirar la piedra
y terminé por reemplazar su amargura,
descendí mi alma
como lo hice cuando mamá se fue.
No sollozo nada;
pero cómo lagrimea mi ser!
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 05 de abril de 2008
viernes, 4 de abril de 2008
Tacto agudo
y
he podido darle unas lecciones hoy.
Sobre el tercer dado roído
el beso de mis rodillas lábiles urente
se ha partido;
tu ausencia obtiene voz
y
devora sustentada
mi desconsolado quejido.
Yo inventé tus palabras cuando tú jamás las diste!
Yo circundé asnado la intermitente sordera de tu aún!
Tú eres sin duda mi pacífico ataúd
y
yo,
soy el que con ambas manos toca tus bordes ancestrales.
Ah! madrugada sollozante
y
de chimeneas enlutadas,
entréguenme el fuego póstumo del amor insolente,
mis leños no saciados consuman también!!!
y...
Tu silencio tiene miedo a perderme,
sabor a extraño, inútil agudez.
Tal vez permanezcan mis manos con un de repente ...
Y
hoy
la altura parece no haber pensado,
tiene aires de naturaleza, desnudez y músculo
Ah!
pero se estrella en la memoria tu pañuelo de hojas negras,
dúctil imagen,
ahoga entre el mundo el virus de sus caderas!
Pues hoy tu ausencia tiene grito,
pues;
renuncia de pimienta,
¿derrotada? ...yo no sé...
Contenida en ocasos, transportada a tinieblas,
triste durmiente
con un beso tejeré unas mantas y con un absurdo reflejo te abrigaré;
atravesaré tu espacio como un ciego cruel
y
tus ojos empolvados limpiaré con un alfiler de plata,
nerviosas reconoceré tus armas
y esta vez la punta a otro pretendiente entregaré.
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 05 de abril de 2008
Poesía sobre la tumba de José Watanabe
El poeta
yace acabado
entre la naturaleza.
Lo acompañan la hormiga,
el grass triunfante,
la larva disolvente.
Su función
fue hablarnos
sobre la vida,
ocupación irremediable
para un poeta.
Nos dijo
sobre la mantis religiosa
cuando hablar sobre
la mantis
era imposible.
Fueron años duros
para los poetas
y las mantis.
Un mármol
nos dice
que aquí está
José Watanabe,
el poeta.
Pero el poeta
está en todos los sitios.
La poesía no tiene
guarida,
no se casa ni tiene hijos,
la poesía es volátil
y el poeta,
vivo o muerto,
la acompaña.
Aquí yace, simplemente,
José Watanabe,
el poeta,
entre el pasto curvo,
la hormiga,
la larva,
otros muertos.
José Vargas Bazán.
Lurín y Rio de Janeiro, 2008.
miércoles, 2 de abril de 2008
Abismos
Me coges con tus vísceras
no habiendo apagado las copas,
me enredas la sangre bravia.
Despacio,
incluso hoy
se esconde mi latido pesado.
El suelo se aleja más de mi enojo elitario,
guarda llena
la luna de lágrimas
mi prosa selecta
para una María que llora hambre
de insistencia.
Sobresaltados embisten mis párpados
los cuadros oscuros de túneles tristes,
donde se une la sombra con el deseo y la oscuridad con la noche,
ahí aparece la salida
camuflada de setiembre
y oprimiendo su nombre.
Pero tú cargas mis gotas subrepticiosas.
Repentinamente me da miedo el aire,
trae consigo humillación;
yo nada consigo respirando de este horno antiguo,
nada consigo lamentándome.
Dándote la vuelta, transformo mi secreto...
Es mi movimiento humillarme,
tal vez en otra galaxia mi locomoción sea un ruiseñor forajido!
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 03 de abril de 2008
martes, 1 de abril de 2008
Basta mi fuga.
dejo al Dios del barro,
ahí
en el sitio,
en el espacio ocupado
sufro,
prendiendo el peso de mis ojos
con fuego insuficiente;
ésta,
creación de semejanza,
no es más que un lapso
de la enfermedad divina.
Me llevaré los diciembres
en un saco hueco,
daré ilusiones a las piedras roídas,
recogiéndolas
aun cuando me sigan lloviendo.
Te acerco las conversaciones al límite del vacío,
a su crucificción y desangramiento,
te acerco la boca;
pero me das una segunda caída
y dudo
del alcance de mis manos.
Apausada crece mi amargura,
delirando con los labios
me vuelvo a ofender
y en la intensidad de mi cualidad inmóvil
que fuiste mi prójimo desconoceré.
Soy
el que parece un hombre,
miserable y caído;
respiro un golpe,
requiebro una fiebre confusa
y quejo mis silencios con sus palabras ;
en su ausencia la fijo.
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 02 de abril de 2008