sábado, 12 de abril de 2008

Consciente (in)

¿Quién quita mis manos de tu cintura?

Cerca reaccionan
como flechas premurosas y lunares,
letales y difuntas, sin tocarse.
Yo mismo las hago viajar
abriéndolas
de mi espalda, a la altura.
No me doy cuenta
sin embargo, mi piel no lo tolera.
Si supieran aquellas flechas que no le darán a nadie,
que su blanco está vació
y que en absoluta oscuridad sus delgados cuerpos
quebrantarán,
ambas manos cruzaría demostrando lo contrario...quizás.

¿Quién te susurra al oído que tus ojos deben escapar?

Yo a veces no comprendo;
pero tú mantienes inmóvil tu biológica arquitectura,
como los años pasados,
como los recuerdos que perforan mi promesa...
Yo no sé si acabará mi superficie por rozarte
o si algún día tu vientre me corresponderá como el silbido de los bosques,
pero te trataré profundamente de cumplir mi certeza.

Soy yo
con otras voces,
descompuesto
y conformado por distintas ánimas;
soy un impertérrito enjaulado,
un bricolaje elaborado a ciegas
o un corazón por un espejo esférico resguardado.
Soy un constante ejecutor de dudas
e inquietudes,
soy un degenerador de acciones
y mañanas;
mi cabeza da más aliento que los sueños
empañando tu figura,
tu recuerdo...
por eso escribo
por lo que a sentir no llegamos...

¿Quién manipula enmascarádamente mis manos?
¿Quién encurva mi pecho, mis costillas y mis brazos?
Allá,
fuera,
hay una forma ideal;
pero no será mía
hasta que esa locura sea compartirda.
Tu mente me comprende,
hay un yo dentro de ti;
pero no me entiendes
y sales por la puerta, vistiéndote otra vez.


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 12 de abril de 2008

jueves, 10 de abril de 2008

XXll


Siéntate dolor,
hazlo de otra manera,
quizás en una mecedora octogenaria deberías hacerlo.
Muchas pláticas con la noche me han dejado afónico,
muchos gritos con la pared,
en mi adolescencia, sordo.

Desnudando las manos,
extraños límites se extralimitan.

Saluda el reflejo a las palmas sonrientes.

Despide el aliento más aire que el pensamiento triste...

Oportuna la eternidad aparece
como bailando en mitad de la pista galáctica,
cabe en mi tamaño.

Cuando le pertenezco
me resume,
cuando le fallo,
a ella encuentro fantástica.
¿Será que cuando se esfuma el espacio,
ella se acerca?
¿Será que mis ojos la envuelven sin yo verla?
¡Ahora cabe el universo en mi calle!
Fuera de mí
los cuadrados se desordenan,
se añaden esperanzas portátiles al esquema;
sé que esta vida es injusta
y más la muerte;
pero sé
que estaría con ella en los dos extremos de la cuerda.

Cuando me besen bocas silentes
y cuando me llamen adoloridos descendientes,
la voz alargaré en querra,
lleno de morfina
y de dientes.
Sé que ella no volverá
pero Dios mío
por qué me haces sentirla tan cerca!!!

No me cabe nada,
ni la camisa,
ni el vidrio,
ni el fuiste.
Se elevan mis lágrimas
supongo que secas;
el calor,
el calor de mis venas,
me hace olvidar la cruz,
la cruz de mi pecho;
mi pecho que extraña tu presencia,
tu presencia que está como ausente...

Esa era tu mano que frotaba mi pecho
cuando me enfermaba de fiebre,
aún,
aún siendo pequeño.


Sé fuerte amigo mío.

Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 11 de abril de 2008

Yo contra yo

"(...) y luego entraba en una habitación donde yacía su madre muerta. Siempre
soñaba lo mismo."
Edmundo di Amicis
Corazón (Cuore)

Yo contra yo
Diez años de la muerte de mi madre

Puedo equivocarme la autoría, pero creo que era Clarice Lispector quien decía que uno escribe para liberarse de la emoción. Al final, escribir es un saldo de cuentas con uno mismo, con el que fuimos, un confronto duro en el que un par de viejos conocidos se bate en duelo impiedoso. Yo nunca había escrito sobre la muerte de mi madre.

Pero uno engaña al resto, nunca a uno mismo.

Ella murió el 29 de diciembre de 1997, con cuarenta años. La enfermedad que acabó con su vida fue el cáncer, que primero le apareció en la mama, para después irse al pulmón y luego a todo el organismo. Con la falencia múltiple de los órganos, murió de noche, en un cuarto del sexto piso del INEN, en Surquillo. Dejó tres hijos, de 18, 10 y 2 años.

A los diez años, creo que es difícil tener plena conciencia de lo que es la muerte. Es más, ni siquiera de la enfermedad yo era demasiado consciente. Cuando supe que mi madre tenía cáncer, yo tenía cinco años, y fueron cinco años más que la vi enferma. En ese tiempo, me había acostumbrado a que se ausentara de la casa por algunos días o semanas para irse al hospital, donde le aplicaban algo de lo que yo no sabía sino el nombre: la quimioterapia. Claro, algunas marcas, como el pelo y hasta las cejas caídas, me hacían ver que la enfermedad no era tan sencilla. Pero ella llevaba la enfermedad de tal manera que a mí no me fuera evidente que el cáncer era mortal. A mi hermano mayor, no podían ocultarle estas cosas, y a mi hermano menor, no necesitaban ocultarle nada, pues mal sabía hablar aún. Tanto fue así que yo sólo supe de la letalidad del cáncer el mismo día en que ella murió, solamente algunas horas antes de que se le cerraran los párpados, oscurecidos por el tratamiento, para siempre.

El impacto de la muerte de alguien tan cercano para un niño fue, en mi caso, tan grande que recuerdo hasta algunos detalles del día de la muerte. Poco antes del almuerzo, mi hermano, que estaba en el hospital, llamó a la casa y habló con mi abuela, que rompió en llanto, para después decirme que me cambiara rápido. Teníamos que ir al hospital, mi mamá se había puesto mal. En un taxi, mi abuela, mi tía y yo nos fuimos a Neoplásicas, a donde llegamos unos 30 minutos después.

Cuando subimos al sexto piso, fuimos hasta la puerta del cuarto. Un biombo me impedía verla. Mi padre estaba dentro, con mi hermano. Mi abuela y mi tía también entraron. Yo seguí todo el tiempo en el pasadizo, hasta que un primo mío me llamó y me llevó hasta una de las máquinas con golosinas. Elegí unos wafles, los Nick, famosos en esos años. Cuando estaba sentado comiendo, vi que mi primo, mirando la ciudad desde la posición privilegiada que es un sexto piso, comenzó a llorar. El mismo día de su muerte, yo no pude verla.
Después, me encuentro en el primer piso del hospital. Debía de ser las cinco de la tarde. En la puerta, oí que un tío mío le dijo a mi papá si podía ayudarlo llamando a las funerarias. Fue en ese momento que supe que mi mamá iba a morir. Recién entonces lloré, pregunté por qué pensaban que iba a morirse, si ella siempre había vuelto después de las quimioterapias. No sé si me dijeron algo o solamente dejaron que el silencio me calmara. Mi papá, sabiendo que yo todavía no había almorzado, me llevó a un restaurante al frente del hospital, donde almorcé una milanesa con papas fritas. Al volver, fuimos a la capilla que está al lado del hospital, a donde llegó mi primo unos minutos después para decirnos que nos apurásemos, que el cuadro había empeorado.

Otra vez, estaba en el sexto piso, pero de esta vez ya nadie podía entrar a ver a mi mamá. Estuvimos algunas horas en la sala de espera. A las 7 de la noche, poco más, poco menos, el doctor fue a vernos y nos dijo que mi madre había muerto. Un infarto había acabado con ella después de cuatro años de cáncer, quimioterapias, pelo caído. Un infarto en una noche en Surquillo. Afuera, todo continuaba igual.

Entonces, entramos todos. Pude tocarle las manos a mi madre, verle y tocarle el rostro ya inanimado. Fue el momento más emocionante de mi vida. La muerte no era más algo abstracto, lejano. Era algo presente, brutal, definitivo. Nunca más se puede ver a la muerte con los mismos ojos. Todos los gustos y disgustos que teníamos por vivir no íbamos más a vivirlos. Todos los llantos, los alientos, las palmadas en la espalda flaca, nada de eso pasaría más. Todos los días de las madres no tuvieron más sentido. Y nunca nadie me llamó más a la mesa con el amor y la insistencia que seguramente les son exclusivos a las madres. La mujer a la que más amé y que más me amó no estuvo nuca más.

Desde entonces, han pasado diez años.

Este verano, cuando viajé de vacaciones a Lima, le llevé un ramo de flores y lavé la placa que tiene grabado su nombre. Su muerte fue el punto de quiebre en mi vida, en mi vida flaca, materialista, seca. Si alguna vez alguien quisiera saber por qué me volví casi el contrario del que era, tendría que haber estado conmigo en la hora de su muerte. Si era extrovertido, me volví introvertido; si flexible y transigente con los liberalismos, comencé a ser insensible, cortante, intransigentemente conservador; si rápido en los gestos, lento hasta en la mirada; si simpático y confiado, me hice torvo, vacío, antipático y desconfiado hasta de mi sombra. Su ausencia ha sido lo más marcante en mi quehacer amargo, en mis días amargos, en mi vida amarga. Todas las privaciones emocionales de un huérfano, todo eso pasó y pasará hasta que yo también me muera. Finalmente, la vida es lo que es y no lo que debería haber sido, como escribió Ferreira Gullar.

Desde que se murió la mujer que más me quiso, han pasado diez años. Desde entonces, sin embargo, han pasado ya diez años. Ahora estoy lejos y la recuerdo.

José Antonio Vargas Bazán.
Lurín y Rio de janeiro, 2008.

miércoles, 9 de abril de 2008

Ojos ajenos

Tu ausencia cose con hilos redentores;
pero se derrama
y un descuido de mi naturaleza aflora y la detiene,
como las rocas a la cascada,
posiblemente buscar entre 6 invictas
deja frustada la opción de fermentar tu espalda
y viva la sed de colocar 3 máscaras.

De mis labios una precipitación se percibe
pero más allá, nada;
solo aire,
solo portales al vacío,
solo desaparecidos movimientos en una cara.

Tu vestido lo sostuvo el viento...

Tu ausencia y la mía me tienen en común
pero tú descoses al hombre niña
y quedan sobre la palabra el recuadro y tú.
Mis besos nadadores se alejan de la vida como el resto de la imagen,
pues donde hubieron manos heráldicas
frío quedará en plenitud.

Siento circundantes 4 pantallas imperiales,
4 paredes berlineses;
pretendo desnudarlas y sin embargo
encuentro solo reflejos laberínticos,
quiero creer en la verdad; pero la sed estalla.

Mis motivos pordiosean,
mis piernas se acompañan con el suelo
incluso así,
quisiera arrastrádome tomar tu pañuelo.

(Son 13 cielos y 12 personas).
Mis ojos ven muriendo...
12 metros nos mantienen
y separan;
17 pasos no dados se muestran
y 2 dados saltan en la mente;
cuando en tu mirada la suerte se vuelve violenta y bárbara.


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 10 de abril de 2008

São Paulo: el camino a Damasco


El año 1992, para el Brasil, está marcado por los escándalos de corrupción que terminaron por botar al presidente Fernando Collor. Era un golpe duro para un país que hacía sólo siete años había salido de una de las dictaduras establecidas en la región (y establecida, en el caso brasilero, en toda la extensión del término, pues fueron ni más ni menos que 21 años de tiranía), y que se encontraba frente al drama del impeachment de su primer mandatario elegido por voto directo después del funesto período militar.

Estos vendavales hicieron estragos también en mi familia. Vivíamos entonces en Ribeirão Preto, ciudad del interior de São Paulo. Mientras en el Brasil los precios se disparaban por la inflación, y no había previsión de mejora en la situación política, en el Perú, un ingeniero oriental anunciaba buenas nuevas y hacía parecer que a nuestra tierra natal le esperaban años dorados. Regresamos.

Pero ese 1992 tiene también un lado menos conturbado, o, más bien, tan o más conturbado pero asaz más feliz. Ese año, el São Paulo Futebol Clube, dirigido por Mestre Telê Santana, ganó todos los títulos habidos y por haber. Los principales fueron el Campeonato Brasileiro (1991), la Libertadores (1992) y, luego de un partido histórico, el título mundial sobre el Barcelona de Stoichkov, Koeman, Zubizarreta, Bakero. Viviendo en una ciudad paulista (en la que, además, había nacido Rai, el comandante del equipo victorioso), el amor fue a primera vista. En la cima, São Paulo ganaba hinchas en los cuatro cantos del mundo. Entre ellos, y para siempre, mi hermano y yo.

En 1993, cuando ya estaba viviendo de nuevo en el Perú, el equipo repitió el plato. Salió campeón de la Libertadores, ganándole en la final a la Universidad Católica de Chile. Luego, vino el partido contra el Milan, de Papin, Maldini, Baresi. De este partido, vienen mis primeros recuerdos, ya un poco más claros.

El canal 2 tenía los derechos de transmisión de la Intercontinental. El partido, realizado en Tokio, era pasado en directo. Debido a la diferencia de los husos horarios, la transmisión era en plena madrugada. Mis seis años me impedían mantenerme despierto durante todo el cotejo. Entre cabeceada y cabeceada, caí en un sueño profundo. Mi hermano, sin embargo, asistía sin pestañear.

Pero yo también salí de mi amodorramiento cuando el “¡Gol!” invadió el cuarto. Müller, delantero são-paulino, había consumado la historia. Faltando cuatro minutos para el fin del partido, metió un gol de taquito frente a la absorta e impotente mirada de los italianos. Era el 3 a 2. Esa imagen está indeleblemente grabada en mi memoria. Recuerdo la sonrisa de Telê, quien indicaba con las manos que solamente faltaban cuatro minutos para el fin. São Paulo otra vez estaba en la cumbre del fútbol. Palinha, Müller, Cafu, Leonardo, Ronaldão, Zetti y el que fue elegido el mejor del partido, Toninho Cerezo.

Fue así que nació mi pasión por el São Paulo Futebol Clube. Es ese sentimiento el que me llevó, seguramente, de Rio a São Paulo, seis horas de viaje, mala noche, para ver la final de la Libertadores de 2005. Fue esa emoción impar de querer ver aquello que quedó inconcluso en 1994, cuando el Vélez, con su típico fútbol argentino (este fútbol frío, poco vistoso, que usa y abusa de la provocación, “marrento”, como se dice en Brasil), nos impidió consagrarnos campeones de América por tercera vez. Fueron las ganas de ver la reivindicación del puesto más alto del fútbol sudamericano, más urgente luego de la triste eliminación en 2004 por el modesto Once Caldas. En fin, las mismas motivaciones que nos hacían, a mi hermano y a mí, sentarnos a tratar de sintonizar alguna radio de la AM que transmitiera los partidos del São Paulo, las noches de cuarenta grados Celsius en el suburbio de Del Castillo, en Rio de Janeiro, a solamente 6 horas de São Paulo, pero tan desesperantemente lejos del São Paulo y el Morumbi.

La historia en el Morumbi es conocida. Uno, dos, tres, cuatro a cero. Amoroso, Fabão, Luizão, Tardelli. Cuatro a cero encima del Atlético Paranaense. Casi ochenta mil almas dispersas en la inmensidad del estadio (y unas treinta mil en los alrededores). São Paulo, la ciudad de veintitantos millones, temblaba al son são-paulino: era un delirio la fiesta, el reencuentro con el trono de América. El Morumbi fue el inicio y el fin de las cosas esa noche del invierno paulista.

De San Pablo, de quien “tens o nome”, valgan las palabras que están en su Carta a los Romanos:

“Pero en todas estas cosas somos más que vencedores...”.
José A. Vargas B.
Rio, agosto de 2005.

martes, 8 de abril de 2008

Una lectura de Marx

Una chica me dijo el otro día que le sorprendía la manera en que yo reducía (o ampliaba, digo yo) todas las cosas a las razones económicas, políticas e ideológicas. Me dijo, sin mucha convicción, que eso le parecía "interesante", seguramente para no decirme que le parecía extraño, raro y dogmático. Ella, militante de una facción izquierdista de un partido político brasilero, no conseguía o no quería hacerlo así. Siendo ella tan bonita, no pude contradecirla y le dije que le atribuyera todo a mi necedad, mi insensatez y mi inmadurez.

Las tres corrientes de pensamiento en las que Marx se apoyó para desenvolver el materialismo dialéctico histórico son la economía clásica inglesa (Adam Smith, David Ricardo, ...), el socialismo francés (Fourier, Proudhon, ...) y la filosofía idealista alemana (Kant y Hegel, y después el materialismo ateo de Feuerbach). En todas ellas, el rasgo común y marcante es la puesta del ser humano en el centro del estudio. Las explicaciones y consecuencias no se buscan en el más allá, en lo trascendente y metafísico. El hombre y su destino están en el trabajo, en el movimiento político y en el hecho mismo de pensar en sí mismo y su futuro.

Cuando Marx asume y después niega dialécticamente sus influencias, arriba a conclusiones inéditas sobre las causas y las consecuencias. Esta busca que es motivo histórico de los filósofos tuvo en Marx una respuesta. Las condiciones materiales de vida son las que determinan el espíritu y no al revés, como todas las metafísicas e idealismos anteriores pretendieron. Las motivaciones económicas son anteriores al movimiento político, lo abarcan y anteceden. Esto no es un juicio apriorístico o arbitrario, sino el fruto del profundo estudio que Marx devotó al materialismo.

En general, todo estudio que se haga teniendo al margen estas verdades o negándolas abiertamente, sólo puede envolver falsos pensamientos, ideas engañosas y erróneas. Inclusive, los pensamientos más sencillos deben tener en cuenta el orden verdadero de causas y consecuencias, para no tomar como causa la consecuencia o viceversa.

No es antojadizo ver en las relaciones sociales más simples la razón económica. ¿Ya vieron personas de clases demasiado diferentes (esto es, antagónicas) casarse y amarse? ¿Ya supieron de personas francamente amigas de clases económicas diferentes?

Como los árboles de un bosque, estamos unidos por las raíces, por lo que tenemos de más profundo y material, y no por la copa o lo superficial.

José Antonio Vargas.
Rio de Janeiro, 8 de abril de 2008.

lunes, 7 de abril de 2008

Común excedente

A quien adiado primero,
le fue arrebatado con rafez
el anochecer de su dolor.
Hizo falta retroceder junto con la esquina
para retratar un salto de la corriente.
Siendo cuerpo que en vida no se consume
me ves,
como un tarara motivado,
como un infinito accidente .
Te vas y te preguntas...verdaderamente exceptuándome.
Dentro de mi filosofía, ciertas facultades aman el suspenso,
quedo desierto de voz,
ahogado de viento;
la gente me da lecciones que no aprendo
y sus ojos me piensan mutilado
y sus manos se cierran en silencio;
me quedo solo
me quedo sin quebrarme.
En esta esquina se hace tarde el alimento,
cada vuelta me tiene,
cada puesto tiene un reflejo de carne,
un espejo.
Cuando se descifran los tajos de la calle,
me tardo en volver
y retrocedo;
la vida tropieza y cayendo me grita:
"¡da otro intento!"
Es por estas horas de igualdad en resumen
en las que se olvida mi sentido colectivo, más.
E hizo falta gritar nombres,
pues, quemando las letras retorcían mi lengua;
flameando las oraciones hacían océano
(el pienso se llenaba de agua)
¡Ninguna muestra de Dios podrá brindarme raíz,
ni para beber, una palabra escuchada!
Escapé;
costándome las cuerdas,
de los hilos de los humanos; pero de Él
nada podré
y tirado frente al hombre
Dios me habrá asesinado.
Mi vida será pregunta
y no habrá último paso,
ni siquiera habrá camino para las respuestas
que me han enjaulado.
Me trago la verdad serpenteante.
Es mía.
No será compartida por ser yo humano.
En esta esquina hago fotografía eterna,
mi marco se siluetea con dignas curvas de sesos;
pido el mundo entero;
pero la gente
¡ay la gente mil piedras tirarían!
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 08 de abril de 2008