domingo, 24 de mayo de 2009
"El sol"
Había que ponerle fin a eso, a esa incomodidad, a ese sujeto puramente prescindible, a ese sujeto que cada día estaba en mi camino, en mi esquina; había que encerrarlo, había que alejarlo de la vida de las personas con establecimiento, con desarrollo. Pero la pregunta es cómo. Qué podía hacer para alejarlo... Hablar con los apoderados, razonar y lograr que lo cautiven; quizás con una buena tunda el loco se vaya a otra esquina, ojalá que no sea la de enfrente; quizás si le hago algunas preguntas pueda encontrar una manera de alejarlo sin contacto con terceros, de igual forma si algo sale mal, no creo que sepa quejarse...Está decidido entonces, mañana verá.
Salió decidido, con media hora de anticipación y fue directamente a la esquina. Antes que el loco le dijera la tontera que siempre le decía, él le preguntó: "Si te doy el sol ¿qué harías?" y el loco le respondió "Tú no, tú no". ¡Qué es el sol para ti?, replicó exaltándose. "Es vital, vital" dijo el loco dejando de mirarle.
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, domingo 24 de Mayo de 2009
martes, 19 de mayo de 2009
A un paso de la eternidad

Esto es en los años de la dictadura de Fujimori.
No era más posible sentir al menos tristeza o revuelta por la Constitución levantada. No a los setenta y dos años, que eran los años del escritor. Era un anciano, uno como cualquier otro. Se acordaba de los días agitados en Santiago, cuando Chile cayó en las manos de los fascistas, en 1973. Fueron treinta mil, entre muertos y desaparecidos. Antes, había caído Brasil, después siguió Argentina. El Plan Cóndor parecía un infierno sin fin en Sudamérica, este sub-continente en el que siempre lo peor estaba por llegar. Sudamérica era un pedazo de tierra que no funcionó. Estaba condenado al olvido por los dioses que urden el destino. Pero esto también pasó. No le quedaban al escritor más fuerzas para combatir por algún ideal como en esos años de militancia. El amor, amor por las mujeres, por los ideales, le había dejado una pila de escritos inservibles que ninguna editorial quiso publicar, una úlcera y ninguna lección. Un poema elogiando a José Martí o a los barbudos de Sierra Maestra podía rendirle encamarse con una mujer entusiasta, fea y feminista en los años setenta, pero no ahora. El tiempo había andado a una velocidad que el escritor no acompañó. El amor se había llevado los mejores años de su vida.
En otra mesa del Salas, estaba la joven. Era una joven como cualquier otra. No se puede ser demasiado diferente cuando se es joven. Uno comete tantos errores que, en la caldera de la vida, se quema y se funde con todos. Llegó a Cajamarca para trabajar como secretaria en una ONG. Eran los años del boom de la mina de oro. Dejó su Lima natal para recomenzar su vida laboral en la sequedad de la sierra norte. Había sido despedida de una editorial y no tenía mucho que perder a los veinticinco años.
No era la primera vez que coincidían en el Salas. Para él, el café a las siete de la noche era parte de su rutina que cumplía religiosamente. Se sentaba en la misma mesa, lo atendía el mismo mozo, pedía lo mismo siempre. Tenía esta costumbre desde hacía muchos años, sin importarle las restricciones que le dio el médico después de que le reventara la úlcera. Tomaba una pastilla para la gastritis con su café. Esto era aparentemente contradictorio, pero no para un viejo indisciplinado, sin agallas y no demasiado lejos de la muerte. Ella pasaba por allí los viernes. Era el punto en el que la recogía su novio.
El escritor, un viejo sumido en sus recuerdos cada día más lejanos, no se percataba de nada alrededor. Casi no levantaba la mirada. Pocas cosas tan duras para un hombre viejo como la memoria. La vida había sido un curso rápido y sin gloria. Aprendió poco y moriría con la certeza de que nadie aprendería jamás nada de él. Todo lo opuesto de la joven, llena de expectativas y amores, y, en la contramano del viejo, optimista del futuro.
Este par de opuestos se notaba hasta en el aspecto. Bastaba la mirada. Los ojos vivaces de la joven, buscando amistades, aventuras, amores que el destino le deparaba; en la mesa contigua del Salas, junto a los cuadros con los sellos de la Sunat, el ceño fruncido, la mirada apagada del escritor. Tan cerca físicamente, y tan lejanos a la vez. Ella era poesía pura, lírica, rítmica, idealista; él, prosaico, estático, lógico, materialista.
El mozo le dijo a la muchacha que no había más el sándwich de pavo, la especialidad del Salas. Justamente el día en el que había invitado a su amiga a probar tan célebre emparedado, se había acabado. “¿Pero el señor aquí al lado no acaba de pedir?” En efecto, el escritor, como de rutina, había pedido su café con su sándwich de pavo. “Es que a él le guardamos el pedido; viene todos los días y pide lo mismo. No hay más pavo, salvo que la señorita le pida a él que cambie su pedido.” La joven, con esa confianza insensata de los jóvenes, consideró la opción de apelar al altruismo y la buena voluntad del huraño anciano. Se ató la vasta cabellera y se dirigió al viejo.
Había una semana que el escritor se acordaba insistentemente de cierto episodio que vivió en su primer viaje a Trujillo. No lo recordaba muy bien, tenía apenas las formas, pocos datos, pero tenía la idea central en mente. Aquello podía dar un poema, pensaba con sus botones. ¿Pero un poema para quién o para qué? Después de toda su vida, muchas cosas habían dado poemas, que fueron cartas sin destinatario. Alguna vez, llegó a pensar que era mal valorizado, pero no lo pensaba más. Seguramente, era poco talentoso. En otras épocas, hubiera tenido más espacio. No, probablemente esto también era mentira. Debió estudiar más, viajar más, comer más mujeres. Aquel poema que maquinaba no valía la pena realizarse, era plantar en tierra infértil ponerlo sobre el papel. Tomaba su café. Lo tomaba hasta cuando la joven lo interrumpió.
Una mujer que podía ser su nieta o hasta su bisnieta. Éste fue el primer pensamiento luego del intempestivo salto en sus pensamientos. Calculó que él debía de triplicarle la edad. Su vida se pautaba, ya que no tenía grandes responsabilidades, por el rigor con que llevaba sus días. Su rutina era inquebrantable. Su visita al barbeador, su periódico matutino, hasta sus visitas mensuales al lupanar. El sándwich de pavo hacía parte de esa rigidez que no podía vulnerar. Era un general solitario en una batalla perdida. Caía, pero caería disparando y sin retroceder un centímetro en su territorio.
Por otra parte, pensaba que no valía la pena contarle esto a aquella chiquilla. Quizá ella sólo quería unas monedas para comer un sándwich como el que él tenía sobre su mesa. Se metió la mano al bolsillo y le dio algún sencillo. Tomó otro sorbo de café. La joven se reía y buscaba la mirada del viejo.
Ella no lo entendería. No sabía nada de los tiempos de Velasco y la selección de Pelé y Tostão. Qué podía ella saber de la época en que no había desagüe en esa ciudad. Su generación no le había gustado mucho, pero las generaciones posteriores fueron peores. No sabían lo que era la calma. El barullo de la nueva generación era insoportable. La joven se sentó para explicarle mejor lo que quería.
Algo en esa mirada joven le hizo recordar la vez en que llevó a su primera enamorada al Salas. Fue con su primer sueldo que, un viernes como aquél, sacó a su chica a pasear y a comer en ese mismo restaurante. Escribió un poema para esa enamorada, pero nunca se lo dio. Tampoco le debe de haber importado mucho haber sido la musa del escritor, ya que ella poco después hizo su vida, se casó, tuvo hijos, una casa en Fonavi, una vida normal y tranquila, llena de amores y amistades. De repente, la vida le traía en bandeja la misma musa, como las ondas que vuelven después de un ciclo. Podría darle al fin el poema, después de tantos años. Pero no, él no tenía más tiempo. No podía esperar a saber si a la musa le gustaba el poema. Era mejor tomarla en los brazos, decirle que la amaba, que había esperado todo este tiempo por ella. En el cine, cuando Clark Gable hacía esto, funcionaba.
La joven lo miraba sonriente. Ese anciano no le inspiraba desconfianza.
La tomó entre sus brazos. Se dieron un beso suave y demorado, con un ritmo propio. Pensaba consigo mismo que aquella era una buena manera de despedirse de este mundo.
jueves, 7 de mayo de 2009
Líneas humanas

Toda la sangre sobre los vientres
y todo el amor sobre nada,
pues mal dicho es pronunciar sobre todo.
Lo utópico nos haría bien.
No estamos adaptados para el amor,
como el fuego no lo está para el agua;
porque dormir no es soñar,
ni soñar es vivir.
Si los ojos se abrieran realmente, la sonrisa no existiría,
los abrazos se darían únicamente a personas que se van,
cada uno lleva dentro un cosmos mudable y latente,
distracciones innatas, párpados traviesos;
cuando se manifiesta el deseo se perfora la realidad,
cuando quiero un beso me olvido de matar, es más sencillo lucir sexo que veracidad.
Todo el saber bajo el sentir, debería ser; pero
la inteligencia, daga codiciosa,
irregulariza las emociones más que el propio ser humano en su cotidiana ingenuidad,
es la situación mustia y la carne expuesta que imperan sobre lo prohibido.
Las paredes se trabajan,
se citan en los rincones,
el vacío llama y el humano se pregunta si es equivocada.
La tierra es sensible porque solloza
y fuerte porque nos aguanta;
soportarnos es un gesto magnánimo,
una muestra de su ignorancia,
un grito de su falta de instinto.
Si les pica, los perros se rascan...
Toda la sangre se vierte
y es un desperdicio.
El mundo nace y las personas fabrican el ataúd más grande del universo,
el planeta entero es un fruto con insectos;
escribiendo esto,
quisiera poder rezar...
rezar como una última opción,
rezar por descarte,
rezar por los seres humanos,
por su directa culpa y su distante salvación.
Toda la sangre nos hace sentir como dioses:
si Él crea, nosotros podemos destruir;
si Él se sacrifica, nosotros aparentemente,
si Él cura, nuestra existencia enferma,
si Él nos enseñó a rezar,
nosotros solo podemos escupir.
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, jueves 07 de Mayo de 2009
sábado, 2 de mayo de 2009
Secuencia fronteriza

Sus ojos agitaban mi austeridad,
ella reacomodaba su bolso y caminaba por la calle curva,
ésta trayectoria era simple,
las veredas parecían desajustadas,
lo impredecible era una sospecha,
su luminiscencia, su órbita inevitable parecían adecuadas.
Sus pasos precursores,
mis pies sabuesos;
el palpitar irrefrenable al cruzar la calle,
el asfalto directo.
Permito cualquier sorpresa, inclusive la muerte,
solo preciso de un vínculo diáfano,
de su espalda silente.
La neblina la deja intacta,
es para mí como un abrazo;
pero no hay tiempo para forjar recuerdos ni calcular plegarias;
avanza rápido, la presencia de la distancia es una amenaza de la nostalgia,
batallaré por el privilegio de vigilancia,
le daré a mis pasos un poco de su bálsamo involuntario.
El camino descansa soportando con su garganta mineral,
estática y amiga,
imposible de reemplazar.
El sonido de su delicadeza,
la caza del calzado,
el donativo, la oportunidad;
tiemblan las soluciones,
las respuestas y su abrigo,
quizá sea pura casualidad.
Casi no hay vacíos,
solo un metro adormecido,
solo un límite al que le gusta parpadear.
Tengo que sobrevivir mostrándome,
tengo que imperar sobre la multinanimidad.
Es mi voz ahora,
fue mi intento siempre...
¿Me responderá?
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 02 de Mayo de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
Sin pretensiones

En esta noche, con estas palabras volcaré, probablemente, la insatisfacción titánica de mi abril,
la nueva decepción del círculo gubernamental y el antiquísimo deseo de no escribir poesía (o de debutar en la prosa).
Es de conocimiento público que la ola perturbada de gripe porcina o llamada también, influenza estadounidense ha perjudicado a muchas personas en los países de México y Estados Unidos, principalmente. Lo curioso es que, habiendo sido el rebrote del virus, apareció potencialmente en la ciudad de San Luis de Potosí que se asemeja a nuestra Lima cuadrada, donde, claro está, no hay mataderos ni granjas.
El primer niño afectado fue Edgar Enrique Hernandez, no lo conozco pues, no existe foto en la web que me lo presente, lo más impactante es que el 60% de los habitantes de su pueblo ha muerto; sin embargo, este crío ha sobrevivido mágica, inocente y calculadamente, ya que, no hay prueba de lo contrario. Dos hechos resaltantes me generan una duda, uno es que los niños
tienen defensas regulares; dos, es que los efectos de la gripe se detectan 5 días después de darse el contagio y la duda es ¿Cómo pudo sobrevivir si concurridos 5 días recién se notó que estaba con la gripe porcina? Es más, los muertos que no lo estaban, incluso son más intrigantes que el propio infante pues, teniendo mejores defensas y contagiándose después, fallecieron.
Además del niño, generalizando un poco, no he visto entrevista ninguna a algún afectado directo; cuando las hay, exclusivamente es a los familiares que, entre palabras de agradecimiento y rostros de satisfacción, dicen que su ser querido está mejorando gracias a las medicinas que les brinda el Estado. Cierto es, que si me enfermo, no sabré qué hacer, puesto que no es de conocimiento público el nombre del medicamento retroviral que me sanará. Como me dirían hace muchos años mis compañeros de clase, "esto me huele mal". ¿Es acaso benéfico cundir a los ciudadanos con tan temible actualización de patologías y no darles en misma medida, el nombre del medicamento con enérgica difusión? Mala jugada.
Escribiendo mal, se me ocurrió evocar la noticia fervorosa de hace poco tiempo, la crisis mundial. Cuando pienso en crisis, pienso en Estados Unidos y, ahora sí, pensando mal, es posible que Estados Unidos haya entablado una jugada soberbia con las industrias farmacéuticas, que por cierto, deben tener mascarillas hasta para limpiarse el culo, ya que no ha habido acción de demanda masiva desde hace muchos años.
No me explico lo de las fotos... ¡Ni un solo muerto por el chancho! ¿Qué rayos puedo pensar si veo en los puestos de periódicos a un homosexual desnudo y en cuatro tirado en el suelo de su departamento y no a las víctimas de tal gripilla?... Al parecer los medios han perdido su descaro. Hora de que surja el mío.
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 29 de abril de 2009
miércoles, 22 de abril de 2009
Cambalache
Cambalache
Enrique Santos Discépolo
Que el mundo fue y sera una porqueria ya lo se en el quinientos diez y en el dosmil también que siempre ha habido chorros maquiavelos y estafados contentos y amargados varones y doblés pero que el siglo xx es un despliege de maldad insolente ya no hay quien lo niegue vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados.Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor ignorante sabio chorro generoso estafador Todo es igual nada es mejor lo mismo un burro que un gran profesor no hay aplaza'os ni escalafón los inmorales nos han iguala'o si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición da lo mismo que sea cura colchonero, rey de basto caradura o polizón.Que falta de respeto que atropello a la razon cualquiera es un señor cualquiera es un ladrón mezclado con Stavinsky va Don Bosco y NapoleónDon Chcho y Lamignón Carnera y San Martínigual que la vidriera irrespetuosade los cambalaches se ha mezclado la viday herida por un sable sin remache ves llorar la biblia junto a un calefón.Siglo xx cambalache problematico y febríl el que no llora no mama y el que no afana es un gil Dale nomás dale que va que alla en el horno se va'mo a encontrar no pienses mas sentate a un la'o que a nadie importa si naciste honrra'o si es lo mismo el que labura noche un dia como un buey que el que vive de las minas que el que mata, que el que cura o esta fuera de la ley
lunes, 13 de abril de 2009
Viceversa

y te mostraré profundas despedidas.
Dañado pero completo,
abrazado a un sueño partido,
te doy mis manos
esperando ver sangre,
un posible sacrificio.
Solo dame las ocasiones
y no verás cómo me transformo en un perverso amante.
Completo pero bifurcado,
durmiendo sobre las sábanas de la dignidad,
te doy mi cuerpo
esperando contemplar el tuyo,
un posible beneficio, un fruto resumido.
Solo dame las ocasiones
y te devolveré tu laberinto.
Bifurcado,
pero nada,
sumergido bajo puertas enfurecidas,
te doy una espada,
para que tu homicidio sea el mío y viceversa.
Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 13 de abril de 2009