martes, 19 de enero de 2010

Inocentes em Belford Roxo









Sob este viaduto,

donde partem
as notas dos madrigais
dos jovens corações,

há gente morrendo
de fome.

Quer dizer,
se me juras teu amor
e paro de vez
com este negócio
de canção,

mau vendedor
que sou

-sucedâneo,
fragmentário,
byroniano-,

ainda,

sob este viaduto,

haverá gente morrendo
de fome.

Morena,
entenda que
eu te canto,
e te canto
como alguém que faz
a vida da vida
em frangalhos,

menos como cantor
que como operário:

sob este viaduto
donde te escrevo
(minha vida quadrada
vê incrédula o século,
preso n'alma
pelas janelas do ônibus 326
Bancários - Castelo),

há gente morrendo

de fome,

de fome,

de fome.



José A. Vargas B.
Rio de Janeiro, janeiro de 2010.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Segundo ensaio sobre um clochard

Segundo ensaio sobre um clochard
A J. G.


Cara,
esta cabeça
é triste.

Olha seu caminhar
convalido,
suas costelas
de lata,
sua loucura
de amores
enfermiços,
nervoso quando falta
seu café,

sempre com seu Marx,
seu Sinatra,
suas palavras cruzadas.

Que esperanças
num clochard?
Que de genial
haverá de vir
dos seus braços oxidados
a sustentar-lhe uma taça de vinho?
Como ama,
se é que ama,
moribundo,
um mendigo?

Ouça-se a arritmia,
o descompasso
do coração infausto.
Observe-se
o desdém
-contíguo ao espanto-
pela vida.

Valor, clochard,
valor,
é uma só corrida.
Vá até a princesa.

José A. Vargas B.

Rio, dezembro de 2009.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Emmerdale

Así como la vida, este poema es una deuda...
El carnaval es un giro travieso, inquieto como en Perú lo es la primavera.


De otro lugar y tiempo
su exhalación ha estimulado los límites de un prosélito,
o ha hecho todo lo contrario.
Lo prohibido está siendo calculado,
lo impensable se estremece en su contraste,
de esta manera, la conducta adopta ciclos milenarios.

Las extensiones de los árboles bailan con el viento,
las hojas veteranas disfrutan su odisea bajo la sombra de su compañero,
y puedo oírte,
sentir el reflejo de un espejo cálido e interminable.
Y soy paciente como los árboles,
un ciego solemne y pretensiosamente distante
como los cristales rotos del firmamento,
en una banca casi parte de la calle.

Con solo pulsar el sentido
tu resonancia repite mi predisposición,
la eternidad circular del resurgimiento me llama a ser parte.

La música de tu boca completa mi instante
y le brinda a mi pasado un adorno sin emulación,
armónico, impecable.

Desde otro lugar y tiempo me convertiste en un fruto capsular,
víctima de inspiración y talento,
tu voz, más allá del sonido, se compone de cuerdas, magia y aliento.


Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 17 de Diciembre de 2009

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Recobro

El lado más vulnerable de mi corazón cree en las historias sin final o por lo menos, en las historias cuyos protagonistas no permiten uno. Las primeras líneas de toda relación son dóciles, fluidas y accesibles; el principio es un espejismo, una grata fata morgana. Sin embargo, este principio es el recobro de un final, un final que antes de serlo, fue una vez primera.

Escribir responsablemente implica resultar asombroso sin que el tiempo disgregue el relato expuesto. Escribir no es un juego, requiere de precisión argumental, inspiración e intelectualidad; es sumamente difícil satisfacer a un buen lector, a un crítico hambriento. Pero, es aun más difícil escribir inteligentemente del amor. Aquellas letras son mortales. Muchas hojas han terminado al lado de mi cama, muchas palabras se pierden en un silencio fatuo y debe ser así a veces.
Quizás la tarea se ve facilitada cuando la compañía es plácida; sin embargo aquellas construcciones que se elaboran cuando la fantasía se puede saborear suelen anular la visión y así, el trabajo de una mente emerge como fruto de un corazón. Cuando los textos nacen entre risas, solo le queda un destino, que es la muerte.

Para facilitar el entorno decidí alejarme de lo inútil (e inútil debe ser tomado filosóficamente). Pude ver entonces, mi pasado amor con ternura, como se ven las nubes que se van, como se ven las aves, como se ve la lluvia. Halléme en un pabellón de vínculos, las historias habían vuelto pero no del todo. Y yo había regresado pero despierto.

Me llamó después de unos meses y recobramos sensaciones que en mi caso, parecían fosilizadas. Conversamos de su hija, los sacrificios que exige un nuevo miembro de la familia, las adictivas manías que desarrolla en su inconsciencia, el cambio de su cuerpo y quién ya no la acompañaba. Quise ayudarla, tal y como lo hacía antes. Las necesidades nos volvían a juntar. Ella en parte por su hija y yo, por la necesidad de vivir un momento más de amor. En cuanto a mi amor y mi manera de amar, las opiniones de las personas son tan aborrecibles como el ruido de los automóviles o la rabieta de una antipática criatura. Debo confesar que durante un instante pensé que mi propuesta la ofendería y nunca fui tan feliz en equivocarme. Ella también lo deseaba, ella también me quería.

Nos encontramos en las horas más funestas del día y recorrimos las mismas calles donde vimos nacer la palabra "juntos". La noche llegó desconsiderada pero precisa, el frío me permitía hacer de la invitación un gesto delicado. Nuevamente la veía sonreír y sonrojarse, sus mejillas conseguían apartarme de la realidad, como hace 3 años atrás, éramos ella y yo. Pedí una habitación oscura pues mi cuerpo ya no es el de un joven, ella estuvo de acuerdo, me dijo que en la oscuridad las sensaciones se ponen más bellas. Sobre la cama escuchamos música de su Ipod, muchas de las canciones son la banda sonora de "nuestro" pasado. Ella se inclinó a besarme...
Sé que las comparaciones no deben ser publicadas pero se debe publicar todo lo que es cierto, y de todas las mujeres que he besado, ella es la mejor haciéndolo; de todos los labios que he sentido, los de ella son los más suaves. La lentitud, la ternura, la sincronización en nuestros movimientos son prueba fehaciente de que no solo estaban ahí nuestros cuerpos sino que nos acompañaba una memoria mientras el aliento de los corazones se confundía por nuestras bocas.

Mientras uno de los dos siga vivo, no habrá un adiós. Puedo volver con ella y ella conmigo siempre; pero no completamente, no completamente...

Cuando nos despedimos equivoqué el beso y toqué su mejilla con mis labios, ella se detuvo y me los cubrió con los suyos. Sé exactamente qué hay entre nosotros pero sé también que no puede volver.



Oscar E. Donayre Gonzales
Lima, 02 de Diciembre de 2009

viernes, 23 de octubre de 2009

Más allá del bien y del mal


Hace algunas semanas, como casi todos los sábados, fui a la biblioteca del Centro Cultural do Banco do Brasil. Quería leer "La ciudad y los perros", el famoso libro de Mario Vargas Llosa. Me pesaba un poco no haber leído un libro tan célebre del escritor peruano más famoso actualmente. "A cidade e os cachorros", en su versión en portugués. Tomé el libro y me fui a una mesa al fondo del pasadizo de la biblioteca, mi lugar preferido para leer.

En la novela, hay una característica que me llamó mucho la atención. El narrador, uno de los alumnos del Colegio Militar Leoncio Prado, Alberto Fernández, es llamado por sus compañeros como "El Poeta". La chapa se debe a que escribe algunas historias eróticas, poesías y cartas de amor. Estas producciones las compran los otros alumnos, junto a los cigarrillos, los rones y las revistas porno, la mercadería del contrabando escolar.

Cuando pienso en los colegas que tengo en la universidad, o incluso en la mayoría de los compañeros de colegio, compruebo que el mundo cambió. ¿Qué lugar podría tener un poeta entre los jóvenes? ¿Qué muchachos, en su sano juicio, pagarían hoy por las enardecidas cartas de amor que un poetastro amateur escribió para sus novias? Un personaje con un apodo así resultaría absurdo en una historia hodierna. Demasiado cursi, ingenuo, bestia. No vendería nunca como las calatas y los calatos.

No entiendo en qué momento cambió tanto el mundo. No sé cuándo, cómo, por qué. ¿Acabaron los sueños con el mundo unipolar del tándem USA-EU después de la caída de la URSS? ¿Se acabaron las esperanzas de los jóvenes, en el Perú postmoderno, después de la década perdida y la dictadura fujimontesinista? ¿El american way of life se cargó, junto con las materias primas, el amor?

Al salir de la biblioteca, evité tomar el café expreso que siempre tomo. No vale la pena. Tengo una gastritis, veintidós años y vivo en un mundo más o menos frío. En la farmacia, me compré unas ranitidinas y, llegando a mi casa, vi un programa de calatas.

José Vargas B.
Rio, octubre de 2009.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Canción de amor por todos los corazones adolescentes


Todos los caminos,
Negra,
se agotaron.
Los amores se fueron,
los sudores, los fulgores,
los días de puntear
los boleros
en la viola.

De pronto,
la vida
nos dio en la nuca
como un recodo judicial.

Adiós Bakunin,
Kropotkin, Malatesta,
adiós a los maristas,
a los buenos populistas
con su canto enardecido,
adiós.

Hasta nunca,
encanto de la alborada,
juventud de los claros de luna,
los cigarros iluminando el barrio,
los lupanares en medio del humo
a enseñarnos que el infinito existe,
hasta nunca.

No obstante el cáncer
o el napalm,
es bueno saber que sobrevivimos
al camino de las piedras,
nuestra bandera negra
tremolando en tierra yerma.

Cómo uno se emociona
al ver alguna cosa
entre todas las cosas
en un cuarto
(si todas las cosas
están en Sudamérica).

Negra, ven,
duerme conmigo.
Los peores días
ya pasaron.
Es una alegría
estar vivos.

José Vargas B.
Rio, setiembre de 2009.

martes, 8 de septiembre de 2009

Fastos

Actualmente me encuentro recordando. Fue durante febrero que la conocí. Gracias a la recomendación de un amigo visité aquel local. En aquellos años vivía en San Isidro, podía darme lujos de todo tipo. Especialmente de los no materiales.

Verónica cuidaba mucho a su hija de lo que hacía.

En las vacaciones de verano, falleció su madre y tuvo que llevar a su hija al trabajo unos días. La dejaba en la habitación de al lado, procurando que los clientes no hicieran mucho ruido con la manipulación de su cuerpo ni con la cabecera de la cama. Verónica a veces, colocaba sus dedos entre la cabecera y la pared.

Ella confiaba solo en las mujeres; su amistad con las chicas nació de la empatía de una estricta desnudez colectiva. El prostíbulo era una hermandad ejemplar, en donde cada espalda era velada después de las faenas y en donde los ojos ya no tenían lágrimas, solo responsabilidad de vigilancia. Todas eran mujeres fuertes y encantadoras, unas verdaderas damas. Tenían diferentes profesiones desde arquitectas hasta abogadas. Ellas alquilaban sus cuerpos por gusto.

Los dormitorios eran simples, zafios. Contaban con un par de diminutas ventanas al frente de la puerta, y bajo éstas, se situaba la cama con una debilidad perpetua, inmortal. En aquel lugar solo las mujeres hacían la diferencia. Sin embargo, el cuarto donde la niña pasaba las horas sin estudio estaba repleto de peluches y juguetes; principalmente, juguetes de madera, móviles, mecánicos, de rudimentario accionar, aquellos juguetes inofensivos que cada vez se dejan de fabricar más.

La niña tenía 7 años y lo que escuchaba era siempre profundo, directo. Sus manos delicadas, livianas se perdían siempre en la perfección de lo ajeno, su tacto era excepcional. Su madre solía dejar la puerta cerrada con llave para que ella no saliese y se encontrase con sonidos experimentados o debutantes (que usualmente eran gemidos seguidos por un silencio gratificante). Su madre trataba de evitar el contexto. La habitación donde la niña se encontraba era la última, yuxtapuesta a la salida y al vigilante.

El pasadizo era alfombrado y originalmente, de color escarlata. Esta alfombra ha sido lugar de la examinación del placer, del morbo, de la búsqueda interna del deseo y su irreversible reconocimiento material, que frecuentemente era sobre los pechos o piernas de alguna meretriz; de las miradas contenidas e inquietas; y finalmente, de la elección de la mujer que cumpla con la mayoría de estos parámetros particulares o jadeantes apetitos callados. Por tantos pasos su color era ahora de un carmesí holgazán, laxo.

Los ojos de la pequeña era preciosos, como si dos almendras compitieran en un certámen de belleza líquido, imperceptibles líneas ambarinas se detienen bajo las pupilas rodeadas de un sector cetrino hipnotizante. Pero lamentablemente estos ojos no veían más que neblina, y a veces, en los días de verano, como éste, colores que oscilan entre aceitunas gastadas y zarzamoras guindas.

Solo el mundo sabía cuán hermosa era la niña.

La lista de útiles entusiasmaba a Verónica - y a quién no ¿verdad? - su pequeña sonreía por el simple hecho de ser cargada. Esta es la única tarea fuera del colegio que parece ser agradable en general, pensó Verónica. Ese contacto entre hija y madre lo era todo. Ellas deseaban estar unidas siempre, querían encontrarse de manera creciente, progresiva; pero habrá un alto innevitable y solo la madre conocerá.

A Verónica le gustaba elegir coloridos útiles para su hija, tenía la esperanza incesante que toda madre tiene, inagotable, siempre latente, al margen de todo pronóstico y estadística que su hija podría no salirse de las líneas y colorear las paredes alguna vez. Verónica compró 3 lápices Staedtler e imaginó a su hija como ella en el pasado, girando el lápiz sobre la carpeta para ver la combinación entre amarillo y negro; además gracias al orden espectacular de la pequeña no habría problema con que el lápiz no tuviese un borrador incorporado y en su lugar hubiese solo una superficie convexa, lisa y roja. Ella tendría todo a la manos. Ambas decían "fuchi" al oler los cuadernos y los libros nuevos; ambas chocaban sus narices sin saber nada más que su mundo compartido fuera del prostíbulo.

La noche que me atendió fue inolvidable. Su madre aún estaba viva. Conversando con ella durante mis 30 minutos restantes noté que era la prostituta ideal. La prostituta de un escritor. Le dije que de no ser por nuestros fracasos esa noche no hubiésemos estado juntos. Ella me miró sonriente y dijo: "No estamos juntos, estamos echados. Prepárate Oscar, que tendrás una victoria". E inmediatamente cogí sus muslos.

Iba hacia ella dos veces por semana. Los sábados solo nos besábamos entre charlas. El último sábado de abril los besos cesaron, me dijo que su madre había fallecido en un accidente automovilístico. Estaba muy triste. Esa noche casi nos dormimos abrazados. A diferencia de las demás chicas ella tenía un horario y yo, esos dos días tenía una responsabilidad. Dejé a Verónica y a Micaela en su casa. Mientras subía las escaleras no pude explicarme cómo aquella mujer podía estar sola. Pensé que confundía las cosas, verla triste me ilusionaba, verla vulnerable era lo que realmente siempre quise. Comprendí entonces que aquella percepción literaria, su intensidad y efecto era en vano pues ella estaba allí porque así lo quería. Era ilógico preguntarse por qué estaba sola. Ella tiene a Micaela. Sé que no debería juzgar pero aquel gusto me parecía una desgraciada expresión de libertad.

Aquella madrugada Verónica dejó de verme. Sé que Micaela escuchó nuestros forcejeos; pero ella era inocente. Sus ojos no eran ni testigos. Mis manos nunca secaron. Sería peligroso detallar dónde me encuentro ahora, no diré puente o barranco, solo diré que me encuentro recordando.
Recordando...


Lima, 08 de Septiembre de 2009
Oscar E. Donayre Gonzales