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La que estuvo de pie, ahora estaba sentada a mis espaldas. No estaba sola como cuando la divisó Francisco en la primera sección. La acompañaban mujeres de distintas y permitidas edades. Francisco pidió una jarra con cerveza. El mesero o el sujeto que nos atendió, advirtió que debido a la cantidad de pedidos en espera, (es decir, debido a su lentitud) el nuestro demoraría. El reecuentro hizo de esa exhortación, un infortunio prescindible. Fue después del pedido de Francisco, que José Antonio sintió o mejor dicho, fue vencido por la belleza de esa serena mujer. Por la reacción la supe guapa; pero buscar una confirmación ocular (lástima que el hombre sea un ser ocu-dependiente) y exponerme a ser frustrado por el humo del cigarrillo evidenciaría más un acecho que una curiosidad. Bastaba con la constancia de José Antonio. Además, era otra mujer la que me atrajo. Esa mujer, por ser lesbiana, era más mujer. La cerveza llegó e hicimos un brindis. Nuestros vasos de vidrio se juntaron por única vez en la noche. Francisco recibió una llamada. La jarra tenía aproximadamente para un vaso. La aclaración de Francisco fue la siguiente: "Mi madre me ha pedido que vuelva a casa. Olvidó su llave." Francisco no deseaba irse; pero debía. José Antonio le propuso quedarse un rato más, que era lo mismo que desobedecer. Luego, le insistió. Cuando José Antonio me sirvió la mitad de lo que había en la jarra, comprendí que había aceptado la próxima ausencia de Francisco. Con la partida de Francisco aumentó el interés de José Antonio por la chica. Incluso las conversaciones peligraron por esta mujer. Él la miraba y me manifestaba la belleza que me perdía. Conversamos sobre: el judaísmo, los libros sagrados, los libros clásicos, los medios de difusión, la discriminación, la carente valía de la democracia, de las mujeres y el amor. Excluyo de esas menciones la política y los burdeles porque esos fueron soliloquios de José Antonio. En los bares de Brasil es sencillo iniciar una conversación con una mujer bonita, me dice José, lo difícil es lograr algo con ellas. Me propuso hacer lo que él hizo alguna vez, escribir en una servilleta un poema y dárselo a una mujer. Hubo un chantaje y una condición. Yo no tenía dinero y José Antonio expresó que el solo pagaría si yo entregaba ese poema; la condición fue que se lo diera a la mujer a mis espaldas. Accedí. Cuando regresó del baño me preguntó por el poema y mi servilleta aún estaba en blanco. Le expliqué que no suelo citar los versos de otros autores, como fue su caso, sino que elaboro los míos propios y esos son los que entrego. Creo que en mi método hay más riesgo. José Antonio hablaba en voz alta y la chica se dio cuenta de lo que pretendíamos. Pensé que sería absurdo darle el poema. Uno de los encantos de transmitir un poema a una mujer se halla en la sorpresa y no en la espera. Quizá una supuesta expectativa me intimidó. El poema fue el siguiente: "He hallado en tu idioma de aves y de rosas, un himno de verde eternidad. Un adiós te espera, un adiós que no sabré pronunciar." Puse la servilleta bajo un vaso vacío. La mujer de enfrente se fue. La mujer que estaba a mis espaldas recibía más gente en su mesa.
Una pareja convencional ocupó el lugar de la chica del humo. José Antonio y yo comimos unos emparedados y bebimos unas gaseosas. Pedí la cuenta. A la sección tapizada del bar, llegó Fabiola Sialer con dos amigas. Ella cooperó con el profesor asignado y estuvo cuando él no pudo. Se encargó diestramente del curso de guión para documental. Ella me enseñó a ver "El niño ciego" de Johan Van der Keuken y compartió, en otra clase, "Los hilos invisibles" (cuán satisfactorio es ese título ahora, cuán ilusorio) un documental de su autoría. Esas dos clases me bastaron para saberla una mujer cálida y sagaz. En la primera clase, me agradó el tímido apoyo con el que nos insinuaba su delicadeza. Evidentemente, la pared actuaba como símbolo antagónico. También, su preocupación sigilosa por bajarse el polo mientras se empinaba para encender el proyector del aula. Me fascinaron las estrias de su vientre. Me enterneció a cabalidad. En la segunda clase fue la primera vez que usó la pizarra. Cuando escribía sus muslos se movían con cadencia. Fabiola y sus amigas realizaron un brindis. Sus tres vasos se juntaron. No quise alzar la voz para llamarla así que le pedí al mesero que le avisara para darle nuestra mesa. José Antonio estaba de acuerdo con ese gesto pero quería que la llamara para conversar. Yo no podía quedarme más porque debía levantarme temprano. Ella aún estaba enfrente cuando me vio. Le saludé con un solitario movimiento de mano. Ella hizo lo mismo. Imagino que en distintas áreas compartimos la timidez. Fabiola discutió unos segundos con sus amigas, imagino, mi propuesta. Ellas se acercaron. Fabiola me preguntó cómo iba con los guiones. Su pregunta sugería una diplomacia que tuve que continuar. Me detuvieron las sillas. Su amiga me ayudó a salir. Ella me despidió con una sonrisa. Yo me despedí en su mejilla. Al salir la media luna estaba increíblemente amarilla. Era ya más de medianoche. La servilleta quedó en su mesa.